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La religiosidad popular

¿Quién de nosotros, al menos en buena parte, hemos sido criados y formados en la fe sencilla de nuestro pueblo? Desde niños, en torno al portal (Belén) en los días de Navidad,  la devoción al Niño Dios (con sus consabidos regalos), el “portaleo” o visita de portales, los rezos del Niño, los novenarios o “rezos de ánimas”, las procesiones en los días santos y las fiestas patronales en torno al santo patrono, nuestro amor por la Virgen de los Ángeles y su romería, todo ello ha formado parte de nuestra fe, unida a la cultura, con la cual forma un todo, al que podemos llamar religiosidad popular.

¿En qué consiste la religiosidad popular?

Es difícil definirla con toda claridad. Si decimos “religiosidad popular”, es la forma cómo el pueblo celebra y vive su religión cristiana. Popular, pues le pertenece al pueblo, especialmente al pueblo sencillo de América Latina, y en Costa Rica, como país que pertenece al continente latinoamericano, del que formamos parte. Es que, cuando hablamos de “religiosidad popular” unimos dos palabras. La “religiosidad” equivale a la práctica y esmero en cumplir las obligaciones religiosas. Y la religión, como virtud, mueve a dar a Dios el culto debido. “Popular” es lo relativo al pueblo; lo que es peculiar de él o procede de él, es decir, lo que viene de la gente común y corriente.

En estos días, el Papa Francisco, en su visita a Ecuador, ha dicho que la religiosidad popular, es algo fundamental del pueblo cristiano y que hay que cuidarla, pues “el pueblo fiel ha sabido expresar la fe con su propio lenguaje, manifestar sus más hondos sentimientos de dolor, duda, gozo, fracaso, agradecimiento con diversas formas de piedad: procesiones, velas, flores, cantos que se convierten en una bella expresión de confianza en el Señor y de amor a su Madre, que es también la nuestra” (Encuentro con sacerdotes y religiosos, en el Santuario de Nuestra Señora de la Presentación del Quinche, 8 de julio 2015).

El Documento de Aparecida, nos presenta un rico y valioso aporte a esta tema. Transcribimos sus diversos párrafos, en los que podemos notar sus expresiones y diversas pautas pastorales para abordarla:

258 El Santo Padre (Benedicto XVI) destacó la “rica y profunda religiosidad popular, en la cual aparece el alma de los pueblos latinoamericanos”, y la presentó como “el precioso tesoro de la Iglesia católica en América Latina”. Invitó a promoverla y a protegerla. Esta manera de expresar la fe está presente de diversas formas en todos los sectores sociales, en una multitud que merece nuestro respeto y cariño, porque su piedad “refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer 150. La “religión del pueblo latinoamericano es expresión de la fe católica. Es un catolicismo popular”, profundamente inculturado, que contiene la dimensión más valiosa de la cultura latinoamericana.

259  Entre las expresiones de esta espiritualidad se cuentan: las fiestas patronales, las novenas, los rosarios y viacrucis, las procesiones, las danzas y los cánticos del folclore religioso, el cariño a los santos y a los ángeles, las promesas, las oraciones en familia. Destacamos las peregrinaciones, donde se puede reconocer al Pueblo de Dios en camino. Allí el creyente celebra el gozo de sentirse inmerso en medio de tantos hermanos, caminando juntos hacia Dios que los espera. Cristo mismo se hace peregrino, y camina resucitado entre los pobres. 

La decisión de partir hacia el santuario ya es una confesión de fe, el caminar es un verdadero canto de esperanza, y la llegada es un encuentro de amor. La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen, que simboliza la ternura y la cercanía de Dios. El amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio. También se conmueve, derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños. La súplica sincera, que fluye confiadamente, es la mejor expresión de un corazón que ha renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada puede. Un breve instante condensa una viva experiencia espiritual.

260  Allí, el peregrino vive la experiencia de un misterio que lo supera, no sólo de la trascendencia de Dios, sino también de la Iglesia, que trasciende su familia y su barrio. En los santuarios muchos peregrinos toman decisiones que marcan sus vidas. Esas paredes contienen muchas historias de conversión, de perdón y de dones recibidos que millones podrían contar.

261  La piedad popular penetra delicadamente la existencia personal de cada fiel y aunque también se vive en una multitud, no es una “espiritualidad de masas”. En distintos momentos de la lucha cotidiana, muchos recurren a algún pequeño signo del amor de Dios: un crucifijo, un rosario, una vela que se enciende para acompañar a un hijo en su enfermedad, un Padrenuestro musitado entre lágrimas, una mirada entrañable a una imagen querida de María, una sonrisa dirigida al Cielo en medio de una sencilla alegría.

262Es verdad que la fe que se encarnó en la cultura puede ser profundizada y penetrar cada vez mejor, la forma de vivir de nuestros pueblos. Pero eso sólo puede suceder, si valoramos positivamente lo que el Espíritu Santo ya ha sembrado. La piedad popular es un “imprescindible punto de partida para conseguir que la fe del pueblo madure y se haga más fecunda”. Por eso, el discípulo misionero tiene que ser “sensible a ella, saber percibir sus dimensiones interiores y sus valores innegables”. 

Cuando afirmamos que hay que evangelizarla o purificarla, no queremos decir que esté privada de riqueza evangélica. Simplemente deseamos que todos los miembros del pueblo fiel, reconociendo el testimonio de María, traten de imitarla cada día más. Así procurarán un contacto más directo con la Biblia y una mayor participación en los sacramentos, llegarán a disfrutar de la celebración dominical de la Eucaristía, y vivirán mejor todavía el servicio del amor solidario. Por este camino se podrá aprovechar todavía más,  el rico potencial de santidad y de justicia social, que encierra la mística popular.

263No podemos devaluar la espiritualidad popular, o considerarla un modo secundario de la vida cristiana, porque sería olvidar el primado de la acción del Espíritu y la iniciativa gratuita del amor de Dios. En la piedad popular se contiene y expresa un intenso sentido de la trascendencia, una capacidad espontánea de apoyarse en Dios y una verdadera experiencia de amor teologal. Es también una expresión de sabiduría sobrenatural,  porque la sabiduría del amor no depende directamente de la ilustración de la mente sino de la acción interna de la gracia. 

Por eso, la llamamos espiritualidad popular. Es decir, una espiritualidad cristiana que, siendo un encuentro personal con el Señor, integra mucho lo corpóreo, lo sensible, lo simbólico, y las necesidades más concretas de las personas. Es una espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos, que no por eso es menos espiritual, sino que lo es de otra manera.

264La piedad popular es una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros, donde se recogen las más hondas vibraciones de la América profunda. Es parte de una “originalidad histórica cultural”, de los pobres de este Continente, y fruto de “una síntesis entre las culturas y la fe cristiana”. En el ambiente de secularización que viven nuestros pueblos, sigue siendo una poderosa confesión del Dios vivo, que actúa en la historia y un canal de transmisión de la fe. El caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador, por el cual el pueblo cristiano se evangeliza a sí mismo y cumple la vocación misionera de la Iglesia.

265  Nuestros pueblos se identifican particularmente con el Cristo sufriente, lo miran, lo besan o tocan sus pies lastimados como diciendo: Este es el “que me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20). Muchos de ellos golpeados, ignorados, despojados, no bajan los brazos. Con su religiosidad característica se aferran al inmenso amor que Dios les tiene y que les recuerda permanentemente su propia dignidad. También encuentran la ternura y el amor de Dios en el rostro de María. En ella ven reflejado el mensaje esencial del Evangelio. Nuestra Madre querida, desde el santuario de Guadalupe, hace sentir a sus hijos más pequeños, que ellos están en el hueco de su manto. Ahora, desde Aparecida, los invita a echar las redes en el mundo, para sacar del anonimato a los que están sumergidos en el olvido y acercarlos a la luz de la fe. Ella, reuniendo a los hijos, integra a nuestros pueblos en torno a Jesucristo. 

En relación con la catequesis

La catequesis no siempre ha tomado en cuenta  a la religiosidad popular.Quizá sin saberlo se ha apoyado muchas veces en ella, aunque no siempre haya encontrado las formas prácticas de servirla, en un proceso de educación de la fe. Esto, porque se enseña que la religiosidad popular se debe encaminar a la celebración litúrgica, que sus manifestaciones, en la medida de lo posible, han de derivar de la liturgia y a encaminarse a ella y que nunca pueden suplirla (SC 13). Por eso, es necesario señalar algunas de sus tareas más urgentes, reconociendo que las circunstancias particulares y la creatividad de las personas aconsejarán lo que convenga hacer en cada situación. En cierto modo, la catequesis la ha descuidado. Por eso, podríamos expresar dichas tareas de la siguiente manera:

  1. La catequesis comenzará por una aceptación sincera de la religiosidad popular, reconociéndola como realidad muy unida a la fe cristiana y como parte vital de nuestra cultura.
  • La catequesis debe acercarse a la religiosidad popular con deseos de comprenderla profundamente, descubriendo los valores y antivalores que en ella se contienen. Así podrá servirla impulsando la fe que nace del Evangelio, como regla suprema de la experiencia religiosa de un pueblo que busca a Dios, y que se relaciona intensamente con todo lo sagrado.
  • La catequesis tendrá que ofrecer continuamente a la religiosidad popular la Palabra de Dios. En ella los creyentes descubriremos la manera auténtica como Dios se revela: quién es él, qué piensa él de los hombres y mujeres que lo buscan, cómo han de buscarlo y en dónde. En la Palabra de Dios aprenderemos la clase de relaciones que el Señor espera que tengamos con él. Por la Palabra de Dios la catequesis enriquece y purifica a la religiosidad popular, mostrándole que Jesucristo y la Iglesia son el centro y la meta de todo el camino de la fe.
  • La catequesis debe crear lazos entre la religiosidad popular y la celebración litúrgica. Muchas expresiones religiosas y símbolos del pueblo, pueden tener un lugar especial en la liturgia, así como muchos elementos litúrgicos pueden enriquecer a la religiosidad popular. La catequesis podrá tener un papel decisivo para superar una situación donde parece que existen dos liturgias: una popular y otra oficial.
  • La catequesis ha de promover el compromiso social de los cristianos, a partir de los grandes valores sociales, que se viven en la religiosidad popular, tales como el compartir, la organización y el sentido de la fiesta, el sacrificio por los demás, la búsqueda de energías renovadas para la lucha diaria, la devoción a la Santísima María, como fuerza de unidad del pueblo cristiano. Así, la catequesis podrá ser un medio muy eficaz, para liberar a la religiosidad de la tentación de ser un simple refugio, o un escape fácil a los compromisos del cristiano en la sociedad.

Por otra parte, es necesario, pues, reconocer el lugar tan importante y el papel sobresaliente que tienen los santuarios cristianos, en el amplio campo de la religiosidad popular. En ellos se concentran todas las formas de expresión religiosa popular. Allí se dan las experiencias más profundas del encuentro con Dios; el pueblo cristiano practica su fe sencilla, con gestos muy concretos de amor fraternal; allí se vive la dimensión de Iglesia peregrina, que busca a Dios para darle sentido a su historia y a su fe. Todo esto, lo vemos, por ejemplo, cuando cada 1 de agosto, los cristianos católicos de Costa Rica, en buena parte, peregrinamos en romería al Santuario de Nuestra Señora de los Ángeles, nuestra patrona, madre y protectora, a celebrar su fiesta nacional el 2 de agosto.

Así como el santuario cristiano es lugar de grandes posibilidades no siempre aprovechadas, para evangelizar y catequizar, también hay que decir que en él existen grandes limitaciones, como el abuso de la fe sencilla, la celebración de ritos sin catequesis,  la vivencia de una fe no siempre bien evangelizada, la ausencia de la buena predicación bíblica, etc.

Según el Catecismo de la Iglesia Católica

1676Se necesita un discernimiento pastoral para sostener y apoyar la religiosidad popular, y llegado el caso, para purificar y rectificar el sentido religioso que subyace en estas devociones y para hacerlas progresar en el conocimiento del Misterio de Cristo. Su ejercicio está sometido al cuidado y al juicio de los obispos 426 y a las normas generales de la Iglesia. (cf. CT 54).

La religiosidad del pueblo, en su núcleo, es un acervo de valores que responde con sabiduría cristiana a los grandes interrogantes de la existencia. La sapiencia popular católica tiene una capacidad de síntesis vital; así conlleva creadoramente lo divino y lo humano; Cristo y María, espíritu y cuerpo; comunión e institución; persona y comunidad; fe y patria; inteligencia y afecto. 

Esa sabiduría es un humanismo cristiano que afirma radicalmente la dignidad de toda persona como hijo de Dios, establece una fraternidad fundamental, enseña a encontrar la naturaleza y a comprender el trabajo y proporciona las razones para la alegría y el humor, aun en medio de una vida muy dura. Esa sabiduría es también para el pueblo un principio de discernimiento, un instinto evangélico por el que capta espontáneamente cuándo se sirve en la Iglesia al Evangelio y cuándo se lo vacía y asfixia con otros intereses (Documento de Puebla, 1979, nº 448, cf. En 48).