La verdadera alegría de Navidad

 

En el tiempo de Navidad, quienes nos llamamos cristianos celebramos que Dios ha plantado su tienda entre nosotros, desposándose para siempre con la humanidad (Jer 54,5-8; Os 2,21-22). Por eso, en estos días hagamos fiesta: la Palabra se hace carne (Jn 1,14). Con razón el 24 de diciembre es Noche Buena. En este tiempo de gracia, miremos la imagen del Niño Jesús en nuestros portales y celebremos el misterio de la Encarnación y del Nacimiento de nuestro Señor Jesucristo.

“Y el Verbo se hizo carne” (Jn 1,14)

El Hijo de Dios se hizo carne, asumió nuestra naturaleza humana en su debilidad y fragilidad. Finalmente el proyecto divino se ha realizado en un hombre, es visible, accesible, palpable. El Verbo encarnado no es un mito, es una persona, que se insertó totalmente en la historia humana, asumiendo nuestra misma carne. La vieja tienda del encuentro, morada de Dios entre los hebreos durante su peregrinación por el desierto, ha sido sustituida definitivamente (Éx 26,1-37). Desde ahora la tienda de Dios, el lugar donde Él habita en medio de los hombres y mujeres, es una persona, una “carne”, y se llama “Emmanuel”, es decir, “Dios con nosotros” (Mt 1,23).

Ya los profetas hasta Juan el Bautista habían anunciado días de ira, de juicio, de venganza y de castigo (Am 5,18-20; Sof 1,7-12; Mal 3,1-3; Mt 3,7-12). Se podría decir que Dios había perdido la paciencia, y el ser humano, al parecer, no le quedaba otra salida que hundirse en el polvo. Y cuando parecía que todo había terminado, Dios toma la iniciativa: Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado (Is 9, 5), es el “Hijo del Altísimo”, cuyo nombre es Jesús, el Salvador (véase Lc 1,31-32). Esta es la gran sorpresa de la Navidad. El día que teníamos que rendir cuentas, se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres (Tit 3,4). Y aquí está también “la gran noticia, motivo de alegría de la Navidad”: Con amor eterno te he amado (Jer 31,3), afirma el Señor.

Por la Encarnación, el Hijo de Dios, sin dejar de serlo, asume todas nuestras debilidades, excepto el pecado, y el que era sobremanera rico, se hace pobre y siervo por nosotros, para redimirnos por su Pasión y Muerte. Esta es la razón más profunda por la que hemos de amar y celebrar la Navidad más que las demás fiestas. Aquí está la única razón que justifica el que celebremos la Navidad: el Padre ha querido salvarnos y redimirnos, por eso nos envía a su Hijo.

Para comunicarse con los seres humanos, la Palabra ha escogido la “kénosis”, es decir, el anonadamiento, el vacío, el despojo (véase Filip 2,6-11). El camino que inicia Dios con los seres humanos, empieza en Belén y termina en el Calvario; comienza en el pesebre y termina en la Cruz. Desde entonces ya no hay otro camino para que los seres humanos de todos los tiempos nos podamos comunicar con Dios; ya no hay otra manera de celebrar la Navidad, que no sea vaciándonos de nosotros mismos, esto es, es la capacidad de salir de nosotros mismos para ir al encuentro de los demás, como entrega gratuita a los otros, similar a la constante entrega de Dios a todos nosotros.

“Les anuncio una gran alegría…” (Lc 2,10)

Los relatos evangélicos destacan la alegría y el gozo que trae consigo la Encarnación y Nacimiento del Señor. Fue María la primera en recibir con alegría el anuncio del ángel Gabriel, y su Magníficat presagia el gozo de todos los pobres del Señor (Lc 1,47-55). Juan Bautista salta de gozo en su presencia cuando aún está en el seno de su madre (Lc 1,41). La Encarnación es motivo de gozo para todo el pueblo (Lc 2,10b).

El gozo de la Navidad surge de la admiración y el agradecimiento por el abajamiento del Hijo de Dios, por haber tomado la fragilidad y humildad de nuestra carne, por haber escogido la pobreza de este mundo, junto con la Virgen María, su madre. Porque la pobreza es el camino que condujo a Jesús hasta nosotros; por eso la celebración de la Navidad produce un gozo distinto: el gozo de la pobreza y de la sencillez. He ahí la fuente de la verdadera alegría navideña: el sentirnos tan pobres que necesitamos de alguien que nos salve, y que haga que nuestra esterilidad sea fecunda, como fecunda fue la esterilidad de los esposos Elcaná y Ana, los padres del niño Samuel (1 Sam 1,1-20).

Este modo de entender y de vivir la Navidad nos ha de llevar a una revisión profunda acerca de cómo vivimos este importante tiempo litúrgico, ya que puede ser que nuestra celebración de la Navidad sea un tanto ambigua.

Y así, junto a valores como el fomento de los encuentros familiares, la mayor predisposición a compartir y a reconciliarse, el reavivar los sentimientos de fraternidad universal, las hermosas celebraciones litúrgicas y la transmisión a los niños de aspectos importantes de la fe por medio del portal en nuestras casas, o por medio de la catequesis propia de estos días…
…al mismo tiempo nos encontramos con un consumismo y derroche desbordantes, que ignoran a gran parte de la humanidad que vive con lo imprescindible o con menos que eso, y que igualmente ignora el deterioro ecológico que ese consumismo produce.

 

Quizás está ahí el vicio de fondo de nuestra fiesta:
celebramos “nuestra” Navidad,
y no la de Jesucristo.
Quizás hemos deformado la Navidad.

 

Si esto fuera así, hemos de recuperar el modo más auténticamente bíblico de celebrarla.

Por eso, si alguien nos pidiera que le contáramos en qué consiste “nuestra” Navidad, dejando aparte los regalos, las fiestas, la comida, los regalos y las tarjetas... ¿nos quedaría algo nuevo que contar?...

La Navidad puede ser un tiempo propicio para escuchar la advertencia de san Pablo de no acomodarnos a los criterios de este mundo (Rom 12,2), y vivir esta fiesta de tal modo que resulte un patente testimonio profético contra los falsos valores de nuestro tiempo.

Otro aspecto importante de los relatos de la Navidad, es el gozo por la manifestación histórica de la dinámica del don de Dios a la humanidad. En Belén nos encontramos con la lógica del don, pues en Jesús ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre (Tit 3,4-5). En Jesús ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres (Tit 2,11). Ante ese don extraordinario de Dios a la humanidad, brota el estupor, el agradecimiento y la alabanza, pero también la respuesta desde la lógica del don. Si Dios nos ha dado todo y se ha dado a Sí mismo en su Hijo, nosotros somos invitados también a entrar en un movimiento de entrega, darnos totalmente a Él, e igualmente a entregar y entregarnos gratuitamente a los demás, a través de un movimiento del don, que es similar al constante entregarse de Dios.

Conclusión

La Navidad de este año 2010 está envuelta en medio de la crisis económica de varios de nuestros pueblos y familias de Costa Rica, de comunidades y de personas que sufren la pobreza, la explotación y la exclusión de los bienes, que a lo mejor otros pocos disfrutan, olvidándose de aquellos que los necesitan. Esta situación, grave para muchos, no puede dejarnos indiferentes. Por eso, es preciso celebrar la Navidad desde la sencillez y la solidaridad, desde la alegría vivida con intensidad en un mundo donde abunda la pobreza y el deterioro de la creación nos desafía.

Es tratar de vivir en estos días los valores más genuinamente cristianos: acogida gozosa de la Palabra, agradecimiento por todos los bienes que recibimos de Dios, en primer lugar el don de su Hijo, la cercanía y servicio a los hermanos con los que vivimos, encuentro con Dios en lo sencillo y pequeño de la vida, compartir las condiciones de vida de los pequeños y los pobres de la sociedad y estar a su servicio compartiendo con ellos nuestros bienes y nuestros tiempo.

Es la alegría que produjo en su momento, la presencia de Jesús en la casa de Zaqueo, que lo movió a entregar sus bienes a los pobres, a restituir lo que había robado… (Lc 19,1-9) Será sin duda la mejor manera de celebrar la gran noticia del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús nacido en Belén, y el mejor testimonio que podemos dar de esa gran alegría a nuestro mundo, tan profundamente necesitado de ella.

 


De este modo la celebración de la Navidad
ha de activar en nosotros
la fraternidad y la caridad,
la justicia y de la solidaridad,
procurando compartir con quienes menos tienen,
posibilitando espacios, lugares y formas concretas
de ayuda efectiva y afectiva,
en la familia, en la parroquia o en la comunidad cristiana,
siendo generosos con los pobres,
especialmente con los que en este año 2010
han sufrido los embates de la naturaleza;
colaborando activamente en la comunidad cristiana,
y saliendo al paso de necesidades urgentes,
de personas que quizá, ni conozcamos.
En ellas, veremos a Jesús.

 

 

 

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Autor: Pbro. Mario Montes Moraga

Bibliasta Centro Nacional de Catequesis

 

Pbro. Mario Montes Moraga
Departamento de Animación Bíblica
Centro Nacional de Catequesis