Los testigos del Resucitado

                                                                             

 

 

 

 

Jesús de Nazareth

Joseph Ratzinger

Benedicto XVI

(Segunda parte: Desde la Entrada en Jerusalén,
hasta la Resurrección. - pp. 302-306 - 2011)

Mientras el versículo 4 de nuestro Credo interpreta el hecho de la resurrección, con el versículo 5 co-mienza la lista de los testigos. “Se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce”, se afirma lapidaria-mente. Si podemos considerar este versículo como el último de la antigua fórmula jerosolimitana, esta mención tiene una importancia teológica particu¬lar: en ella se indica el fundamento mismo de la fe de la Iglesia.

Por un lado, “los Doce” siguen siendo la pie¬dra-fundamento de la Iglesia, a la cual siempre se remite. Por otro, se subraya el encargo especial de Pedro, que le fue confiado primero en Cesarea de Felipe y confirmado después en el Cenáculo (cf. Lc 22,32), un encargo que lo ha introducido, por decirlo así, en la estructura eucarística de la Iglesia. Ahora, después de la resurrección, el Señor se manifiesta a él antes que a los Doce, y con ello le renueva una vez más su misión única.
Si el ser de los cristianos significa esencialmente la fe en el Resucitado, el papel particular del testi-monio de Pedro es una confirmación del cometido que se le ha confiado de ser la roca sobre la que se construye la Iglesia. Juan ha subrayado claramente una vez más esta misión para la fe de toda la Iglesia en su relato de la triple pregunta del Resucitado a Pedro: — ¿me amas?— y del triple encargo de apa¬centar el rebaño de Cristo (cf Jn 21,15-17). Así, el relato de la resurrección se convierte por sí mismo en eclesiología: el encuentro con el Señor resuci¬tado es misión y da su forma a la Iglesia naciente.

2.2. La tradición en forma de narración

Pasemos ahora —tras esta reflexión sobre la parte más importante de la tradición en forma de confe-sión— a la tradición en forma de narración. Mien¬tras la primera sintetiza la fe común del cristianismo de manera normativa mediante fórmulas bien de¬terminadas e impone la fidelidad incluso a la letra para toda la comunidad de los creyentes, las narraciones de las apariciones del Resucitado reflejan en cambio tradiciones distintas. Dependen de trans¬misores diferentes y están distribuidas localmente entre Jerusalén y Galilea. No son un criterio vin¬culante en todos los detalles, como lo son en cam¬bio las confesiones; pero, dado que han sido recogidas en los Evangelios, han de considerarse ciertamente como un válido testimonio que da con¬tenido y forma a la fe. Las confesiones presuponen las narraciones y se han desarrollado a partir de ellas. Concentran el núcleo de lo que se ha relatado y remiten a la vez al relato.

Todo lector notará enseguida las diferencias entre los relatos de la resurrección en los cuatro Evangelios. Mateo, además de la aparición del Re¬sucitado a las mujeres junto al sepulcro vacío, co-noce solamente una aparición a los Once en Galilea. Lucas conoce sólo tradiciones jerosolimitanas. Juan habla de apariciones tanto en Jerusalén como en Galilea. Ninguno de los evangelistas des¬cribe la resurrección misma de Jesús. Esta es un proceso que se ha desarrollado en el secreto de Dios, entre Jesús y el Padre, un proceso que no¬sotros no podemos describir y que por su natura¬leza escapa a la experiencia humana.

La conclusión del Evangelio de Marcos presenta un problema particular. Según manuscritos impor¬tantes, el texto termina con el versículo 16,8: Ellas, las mujeres, “salieron corriendo del sepulcro, tem¬blando de espanto. Y no dijeron nada a nadie, del miedo que tenían”. El texto auténtico del Evange¬lio, en la forma que ha llegado a nosotros, concluye con el susto y el temor de las mujeres. Antes el texto había hablado del descubrimiento del sepul¬cro vacío por parte de las mujeres, que habían ve¬nido para la unción, y de la aparición del ángel que les anunció la resurrección de Jesús y las encargó decir a los discípulos, y “a Pedro” en particular que, según la promesa, Jesús iría por delante a Ga¬lilea. Es imposible que el Evangelio se haya con¬cluido con las palabras que siguen sobre el silencio de las mujeres; en efecto, el texto presupone que ya habían hablado del encuentro. Y, obviamente, está también informado de la aparición a Pedro y a los Doce, de la que habla el texto bastante más antiguo de la Primera Carta a los Corintios. Por qué nuestro texto queda interrumpido en este punto, no lo sabemos. En el siglo II se ha añadido un re¬lato sintético en el que se recogen las más impor¬tantes tradiciones sobre la resurrección, así como de la misión de los discípulos de predicar por todo el mundo (cf.16, 9-20). En cualquier caso, también la conclusión breve de Marcos presupone el des¬cubrimiento del sepulcro vacío por las mujeres, el anuncio de la resurrección, el conocimiento de las apariciones a Pedro y a los Doce. Por lo que se refiere a la interrupción enigmática, tenemos que de¬jarla sin explicación.

La tradición en forma de narración habla de en¬cuentros con el Resucitado y de lo que Él dijo en dichas circunstancias; la tradición en forma de con¬fesión conserva solamente los hechos más impor-tantes que pertenecen a la confirmación de la fe: así podríamos describir, una vez más, la diferencia esencial entre los dos tipos de tradición. Y de esto se derivan también diferencias concretas.

Una primera consiste en que en la tradición en forma de confesión se nombra como testigos solamente a hombres, mientras que en la tradición en forma de narración las mujeres tienen un papel de¬cisivo; más aún, tienen la preeminencia en compa¬ración con los hombres. Esto puede depender de que en la tradición judía se aceptaba solamente a los hombres como testigos ante el tribunal; el tes¬timonio de las mujeres no se consideraba fiable. Le tradición “oficial”, que está, por decirlo así, ante el tribunal de Israel y del mundo, debe atenerse, pues, a estas normas para poder afrontar el proceso sobre Jesús, que en cierto modo continúa.

Los relatos, en cambio, no se sienten sujetos a esta estructura jurídica, sino que comunican la amplitud de la experiencia de la resurrección Así como bajo la cruz se encontraban única¬mente mujeres —con la excepción de Juan—, así también el primer encuentro con el Resucitado estaba destinado a ellas. La Iglesia, en su estruc¬tura jurídica, está fundada sobre Pedro y los Once, pero en la forma concreta de la vida eclesial son siempre las mujeres las que abren la puerta al Señor, lo acompañan hasta el pie de la cruz y así lo pueden encontrar también como Resucitado.

Benedicto XVI
Obispo Emérito de Roma