Jesús, nuevo Melquisedec

Solemnidad del Corpus Christi- 2 de junio 2013

Cuenta el libro del Génesis que Melquisedec, rey de Salem, que era sacerdote de Dios, el Altísimo, hizo traer para Abram pan y vino. Y que bendijo a Abram, diciendo: “¡Bendito sea Abram de parte de Dios el Altísimo, creador del cielo y de la tierra. ¡Bendito sea Dios, el Altísimo, que entregó a tus enemigos en tus manos!”. Y que Abram le dio el diezmo de todo (ver Gén 14,18-20). Este es el texto de la primera lectura de este domingo 2 de junio, en la fiesta del Corpus Christi.

Pues bien, se cuenta que Abram, es decir, Abrahán, regresaba de una batalla que había librado contra unos hombres vecinos de Sodoma y Gomorra, que habían apresado a su sobrino Lot y, naturalmente, Abrahán se fue a rescatarlo. Y fue allí cuando se encontró con este sacerdote llamado Melquisedec (ver el texto completo de Gén 14)

¿Quién fue Melquisedec? Era un rey cananeo de la ciudad de Salem. Su nombre significa “Mi rey es justicia”, pudiendo referirse tanto a Dios como al propio Melquisedec. Salem es identificada en la tradición judía como Jerusalén, la capital del pueblo elegido (ver Sal 76,2-3). Era sacerdote del Dios Altísimo (en hebreo El- Elyón), nombre de un dios cananeo, de los habitantes de Palestina en tiempos de Abrahán (ver Gén 12,4-7), pero que, posteriormente, se identificó con Yahvé, el Dios de Israel, Creador de todo.

Este rey saca pan y vino para los combatientes de Abrahán, para así reponer sus fuerzas. Es decir, prepara un banquete en señal de agradecimiento, por haber vencido a sus enemigos. Pero, al ser sacerdote, bendice a Abrahán y el patriarca le dio el diezmo de todo, para el uso del templo, como reconocimiento a su servicio o como homenaje a Dios (ver Gén 14,23).

Lo cierto que este pasaje, es como un añadido en el texto, pues Melquisedec, así cómo llegó, así se fue... sin que sepamos más nada de él o qué se hizo. El gesto de ofrecer este refrigerio de pan y de vino a aquellos hombres, ha llamado la atención de los teólogos, en especial de los Santos Padres, que presentan el gesto como un sacrificio. Ya San Clemente de Alejandría decía que este pan y vino simbolizan la Eucaristía.

De allí que el texto de la primera lectura de hoy dice que “ofreció”, cuando en realidad en el texto hebreo se dice que sacó y nada más. En el canon romano, la Primera Plegaria eucarística, la Iglesia pide a Dios, por medio del celebrante, que acepte la ofrenda de la Eucaristía, como aceptó la oblación pura del sumo sacerdote Melquisedec.

Pese a ser tan misteriosa y extraña esta figura de Melquisedec, se quedó en el recuerdo del pueblo judío. El salmo 110 nos presenta la figura de un rey descendiente de David, que ostenta dignidad sacerdotal, según el rito de Melquisedec. Y la tradición cristiana, posteriormente, nos presentará a Jesucristo, como verdadero sacerdote, como Melquisedec. En efecto, uno de los problemas que los cristianos tenían en sus orígenes y que era motivo de discusión con los judíos, era el saber que Jesús no era sacerdote. La religión judía si tenía un clero, un templo en Jerusalén, sacerdotes que oficiaban según los ritos establecidos, con ceremonias, sacrificios, holocaustos, levitas y demás, con normas muy concretas, un ritual y una liturgia, que podemos ver con detalle en el libro del Levítico del Antiguo Testamento.

La religión judía, como muchas de las religiones antiguas, hacía gala de tener un sacerdocio debidamente organizado. Tanto en el libro del Éxodo como del Levítico, hay muchos pasajes donde aparecen Aarón, sus hijos, los levitas y sacerdotes judíos que ejercen un ministerio y el culto. Los judíos, como sucede con nosotros los católicos, que vamos a misa y tenemos sacerdotes, estaban acostumbrados a asistir al templo de Jerusalén, participar de la liturgia y del canto, de los ritos y de las impresionantes ceremonias, así como asistir a las grandes fiestas, en las que los sacerdotes oficiaban el culto.

En cambio, la religión cristiana no tenía nada de esto. Los cristianos, al principio, no tenían templos, ni ritos no ceremonias, el culto eucarístico era muy sencillo, sin brillo y pompa, los domingos eran sus días de culto y no los sábados como aquellos judíos. A diferencia de los judíos, con sus impresionantes ceremonias, el culto cristiano consistía en vivir como hermanos, hacer de la propia vida una ofrenda agradable a Dios y conectarla con sus sencillas celebraciones (ver Rom 12,1). Encima, sabían que Jesús, estrictamente hablando, nunca había sido sacerdote. No perteneció a la tribu de Leví, la encargada del culto judío, sino a la tribu de Judá. Los evangelios y prácticamente el resto de los escritos del Nuevo Testamento, jamás lo llaman “sacerdote”, “levita” o “sumo sacerdote”, sencillamente porque Jesús había sido un laico y así evitar confusión al respecto. Él no pertenecía al clero.

Para los judíos, que luego se pasaban al cristianismo, el saber que Jesús no era sacerdote, era toda una dificultad, además de no tener ni templo, ni sacrificios. Entonces, para resolver el problema, hubo un autor cristiano, el de la Carta a los Hebreos, que escribió todo un sermón afirmando que Jesucristo sí era sacerdote, pero no de la tribu de Leví, sino de un “orden” distinto de los sacerdotes levitas, del “orden de Melquisedec”, aquel extraño personaje que nos hablan, tanto el texto de Gén 14, 18-20 como el Salmo 110,4. Leyendo estos textos, en especial el Salmo 110, el autor de la Carta a los Hebreos, planteó que el sacerdocio del Antiguo Testamento, quedaba abolido por Cristo y que Él era sacerdote según el rito de Melquisedec. Sus razonamientos especialmente los tenemos en Heb 7- 10, en especial, en Heb 7.

¿En qué consiste este sacerdocio de Cristo, según el orden de Melquisedec? Yendo al capítulo 14 del Génesis, encontramos a este personaje que un día se encontró con Abrahán, le dio pan y vino y lo bendijo. Y nos enseña el autor de la Carta a los Hebreos, en el capítulo 7 de su carta, que este sacerdote aparece como un personaje extraño ¿Por qué? Porque no sabemos quiénes son su padres, ni su familia ni sus antepasados. La Biblia, por lo general, siempre menciona la genealogía de sus personajes célebres, en especial, de los ministros del culto, para demostrar que pertenecían al puro linaje de Leví. Por el hecho de no saber los orígenes familiares de Melquisedec, esto indicaba que su sacerdocio no era levita, es decir, no era un sacerdocio judío.

Tampoco se cuenta del nacimiento o de la muerte de Melquisedec. Y esto, dice el autor, no puede significar más que una cosa: que Melquisedec no ha muerto, que permanece para siempre, que es eterno como sacerdote. Y así- se pregunta el autor-¿Quién es el único que puede ser sacerdote como Melquisedec? ¿Quién es el único que reúne las dos características suyas (ausencia de genealogía humana y ausencia de límites temporales? Y responde: Jesucristo el Señor, al resucitar. Porque al resucitar de entre los muertos, es como si Jesús hubiera nacido de nuevo, pero sin intervención de padres humanos (sin antepasados). Y, desde entonces, ya no puede morir más (es decir, permanece para siempre).

Por lo tanto Jesucristo, si bien no fue sacerdote durante su vida terrena, después de resucitar se convirtió en sacerdote de un nuevo “orden”, un nuevo estilo, tal como lo había anunciado el Salmo 110: “Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec”. Con todos estos razonamientos, a veces del todo no muy claros, el autor de esta genial carta, afirmaba la novedad radical del sacerdocio de Cristo, con respecto al sacerdocio de los judíos.

Un sacerdocio que supera el antiguo, al mismo tiempo que lo lleva a su perfección y que no está vinculado al de Aarón, sino que Jesús es sacerdote según el orden de Melquisedec (ver Heb 5,6; 7,6.20), aquel personaje misterioso del que hablaba el Génesis y ante quien el mismo patriarca tuvo que inclinarse para recibir su bendición y ofrecerle el diezmo del botín (ver Heb 7,4).

Es decir, Jesús aparece en la Carta a los Hebreos como un nuevo Melquisedec. Es más, su sacerdocio es más que el de Melquisedec, que el de Aarón, que el todos los hombres que en las todas las religiones, han ofrecido sacrificios y oraciones a Dios. Él se ha ofrecido a sí mismo para siempre y el pan y el vino que hoy recibimos en la Eucaristía, convertidos en Cuerpo y Sangre de Cristo, han sido anticipados en aquel banquete del extraño y misterioso sacerdote Melquisedec.

Demos gracias a Jesús, el nuevo y sumo sacerdote, el nuevo Melquisedec, que hoy nos ofrece su cuerpo y sangre en alimento eucarístico. Rindámosle el homenaje de nuestro amor y adoración, en este día en que la Iglesia recuerda su presencia permanente en el Santísimo Sacramento del Altar, donde se ha quedado para siempre con nosotros, para ser nuestro alimento y nuestra fortaleza. Que al verlo en la custodia en este día por nuestras calles y nuestros pueblos, lo adoremos agradecidos y reverentes.

Pbro. Mario Montes Moraga
Departamento de Animación Bíblica
Centro Nacional de Catequesis