El Diluvio

¿Cuánto tiempo duró el diluvio universal?

Si nos preguntaran cuánto tiempo duró el diluvio universal, nos dudaríamos en contestar que cuarenta días. Pero ¿dice eso la Biblia? Cuando leemos el libro del Génesis, vemos que efectivamente al principio cuenta que el diluvio duró cuarenta días (Gén 7,4.12). Pero más adelante nos sorprende encontrar que las aguas inundaron la tierra (es decir, cayeron sobre la tierra), por espacio de ciento cincuenta días (Gén 7,24). Y recién entonces dice: “Dios se acordó de Noé y de los animales que estaba con él en el arca, y se cerraron la fuentes del abismo y las compuertas del cielo y dejó de llover” (Gén 8,1-2). O sea, que dejó de llover… ¡después de ciento cincuenta días! ¿Cuánto duró, entonces, el diluvio universal?

Pero esta no es la única contradicción del relato. Al hablar de los animales que Noé llevaba en el arca, al principio se dice que era una pareja de cada especie (Gén 6,19-20). Pero a continuación, se afirma que el patriarca llevaba siete parejas de animales puros y una de animales impuros (Gén 7,2). Entonces ¿cuántas parejas había? Tampoco queda claro en qué consistió el diluvio universal, pues primero dice que fue por una lluvia de cuarenta días (Gén 7,4). Pero después cuenta que fue que fue porque las aguas subterráneas (no del cielo), aparecieron repentinamente y cubrieron todo el mundo (Gén 7,11; 8,2). ¿Cómo puede, pues, este relato contener tantas incoherencias?

Dos relatos en uno solo

Hoy los especialistas han resuelto el problema. En realidad, el libro del Génesis no contiene una sino dos historias entremezcladas del diluvio universal. En efecto, la historia bíblica del diluvio se compuso alrededor del año 400 a. C. Pero el autor para escribirla, se basó en dos historias que él conocía. Ahora bien, ¿de dónde había salido estos relatos?

El primer relato se había formado alrededor del siglo X a. C. en Jerusalén, en la corte del rey Salomón. Al autor se le suele llamar “el yavista”. Era un relato ameno, lleno de detalles pintorescos y llamativos, que pintaba a Dios con rasgos más humanos que divinos. El segundo relato se redactó en el siglo VI a. C, cuando el pueblo judíos estaba desterrado en Babilonia. En esos tiempos de profunda crisis, un grupo de sacerdotes volvió a escribir los distintos episodios de Israel, entre ellos, el del diluvio. Pero este relato, llamado “sacerdotal”, tenía características diferentes. Era más cuidadoso y elaborado que el del yavista. No se fijaba tanto en los seres humanos que sufrían el diluvio, sino en Dios que la ocasionaba. Y al mismo Dios la presenta más solemne, inaccesible y lejano, no con las rasgos que tenía en el relato yavista.

El doble de todo

El redactor final del año 400 a. C tenía, pues, las dos versiones ¿Qué hacer con ellas? Decidió entonces salvarlas fundiéndolas en una sola y tratando de rescatar lo más importante de ambas. El resultado final fue el relato que hoy tenemos en la Biblia.
Pero, pese a su esfuerzo y a su empeño, el resultado no fue muy feliz. Se le filtraron varias repeticiones, lo cual revela que estaba empleando y combinando dos versiones. En efecto, el relato bíblico dice que dos veces Dios vio el mal sobre la tierra (Gén 6,5.12); dos veces anunció la destrucción de la humanidad (Gén 6,7.13); dos veces le ordenó entrar a Noé en el arca (Gén 6,18;7,1). Dos veces entró Noé (Gén 7,7.13), dos veces crecieron las aguas (Gén 7,17-18), dos veces murieron los seres (Gén 7,21.23), dos veces prometió Dios no enviar más diluvios sobre la tierra (Gén 8,21; 9,11).
Y no sólo se le escaparon estas repeticiones: también le quedaron en el texto algunas incoherencias, como el decir primero que el diluvio solamente cuarentas días (siguiendo la fuente yavista), y luego que duró ciento cincuenta días (siguiendo la fuente yavista). Por eso, si hacemos una lectura cuidadosa del texto o de la narración del diluvio (Gén 6,5-9,17), podremos averiguar cuáles fueron las diferencias entre estas dos versiones (la yavista y la sacerdotal), y por qué eran distintas. El relato, pues, tiene cinco partes: a. La corrupción de la humanidad. B. La orden de Dios de construir el arca. C. La catástrofe. D. El fin del diluvio. E. El nuevo orden mundial.

La corrupción de la humanidad

En la primera parte, comienza el autor yavista a escribir:
“Yahvé vio que la maldad del hombre en la tierra era grande y que todos sus pensamientos tendían siempre al mal. Se arrepintió, pues, de haber creado al hombre, y se afligió su corazón. Y dijo: ‘Borraré de la superficie de la tierra a esta humanidad que he creado, y lo mismo haré con los animales, los reptiles y las aves, pues me pesa haberlos creado’. Noé, sin embargo, se había ganado el cariño de Yahvé” (Gén 6,5-8).

Luego, sigue la versión sacerdotal:

“Esta es la historia de Noé. Noé fue en su tiempo un hombre justo y que se portó bien en todo; Noé caminaba con Dios. Noé tuvo tres hijos: Sem, Cam y Jafet. El mundo se corrompió a los ojos de Dios y se llenó de violencia. Miró Dios a la tierra, y vio que estaba corrompida, pues todos los mortales en la tierra seguían los caminos del mal” (Gén 6,9-12).

Ya al comienzo los dos relatos presentan el mal de diferente forma. Al autor yavista le interesa ante todo el ser humano en particular. Por eso, hace un fino análisis sicológico del mal (“los pensamientos del hombre eran malos”). En cambio, para la versión del autor sacerdotal, el mal no es un problema del ser humano en particular, sino que se trata de una maldad cósmica, un mal estructural… (“toda la tierra está corrompida”), de dimensiones universales, en la que no tiene que ver solamente el ser humano, sino la creación entera.

Además, el autor yavista muestra a Dios con sentimientos humanos reconociendo que se equivocó en su creación (“se arrepintió… se afligió”). El autor sacerdotal, en cambio, no dice nada de los sentimientos divinos. Sólo afirma que Dios comprobó el mal que había sobre la tierra. Para el yavista, Dios decide salvar a Noé, porque sí, porque le cayó bien, en gracia, es decir, gratis. En cambio, para el sacerdotal, Dios lo salva por los méritos que tenía: “Noé fue en su tiempo un hombre justo y que se portó bien en todo; Noé caminaba con Dios”… Es decir, porque Noé es un fiel cumplidor de la Ley de Dios, concepción propia de los sacerdotes.


La orden de construir el arca

La segunda parte del relato comienza con la versión sacerdotal. Dice que Dios le ordena a Noé construir una arca, le explica de qué material deberá estar hecha, cuáles medidas debe tener y la forma también. Luego le cuenta que vendrá un diluvio y que él debe entrar en el arca, llevando a su familia y a una pareja de cada especie animal para salvarse (Gén 6,14-22). Según esta versión, el arca debía tener tres partes o tres pisos (Gén 6,16) ¿Por qué esta extraña armazón? Se trata de un recuerdo del templo de Jerusalén, cuya estructura tenía justamente tres partes. El arca, pues, más que un barco, era una especie de nuevo Templo donde, según la mentalidad sacerdotal, la humanidad debía refugiarse si quería encontrar su salvación.

Luego, sigue el relato yavista (Gén 7,1-5). Este no trae las medidas del arca. Solamente dice que Yahvé le ordena a Noé meter dentro de la nave (contrariamente a lo dicho por el autor sacerdotal), siete parejas de animales impuros y una pareja de animales puros. El redactor encontró en las dos tradiciones, dos pedidos distintos de Dios. Y no sabiendo cuál escoger, prefirió quedarse con los dos, sin importarle la evidente confusión que quedaba en el texto.

Había que pasar la prueba

En la versión sacerdotal, vimos que Dios le cuenta a Noé, antes de que éste empezara a construir el arca, por qué debía hacerla: porque iba a venir un diluvio (Gén 6,13-14). En cambio, en el relato yavista, Dios le informa a Noé sobre el diluvio… ¡después de que Noé mismo terminó de construir el arca! Nos podemos imaginar al pobre Noé, según la versión yavista, construyendo un enorme barco, en medio del desierto, ante la burla de los vecinos y conocidos y entrando en él con todos los animales, sin poder dar ninguna explicación, sino que simplemente de que “el Señor me lo ha ordenado”… Solamente cuando ha terminado de construirla y de cumplir sus órdenes, es cuando Dios le explica lo queva a suceder: “Porque haré llover sobre la tierra y exterminaré a todos los seres que yo hice” (Gén 7,1-5).

Esta es la idea que aparece siempre en los relatos de la tradición yavista: Dios dauna orden aparentemente absurda. Si el ser humano obedece, se salva. Si desobedece, se destruye (ver Gén 2,16-17; Gén 3,1-19). Es la salvación que viene por la fe. Ahora, si Noé se ha convertido en un hombre justo, porque ha superado la prueba de la fe. En cambio, para la tradición sacerdotal, Noé ya era justo antes del diluvio, y por eso Dios lo había elegido.

La catástrofe

En la tercera parte, donde se describe el diluvio como tal, aunque las versiones están bien entremezcladas, aún puede distinguirse sus características diversas. La sección del yavista (Gén 7,7-10.12.16b.17.22.23), está llena de delicadezas: Dios le concede a Noé un margen de siete días para hacer entrar a los animales en el arca. En cambio, para el sacerdotal, todo ocurre muy rápido y de prisa, en un solo día, según Gén 6,19-22; 7,5). Además, Dios amorosamente cierra la puerta o ventana del arca (Gén 6,16b). Y el diluvio no aparece presentado como un cataclismo universal, sino sólo como una copiosa lluvia de larga duración, cuarenta días con sus noches (Gén 7,12). Incluso, cuando las aguas crecen, más bien levantan la nave sin hundirla y la mantienen en alto, como si Dios quisiera acunar en sus brazos a los asustados habitantes del arca. El diluvio es narrado, pues, con un respeto reverencial en la tradición yavista.
En cambio, la descripción sacerdotal es más fría (Gén 7,6.11.13-16ª.18-21.24). Se contenta con mencionar el día, el mes y el año de la vida de Noé, en que comienza la catástrofe (Gén 7,11). Y en cuanto al diluvio, no se trata de un simple aguacero, sino que “brotaron todos los manantiales del fondo del mar, mientras se abrían las compuertas del cielo”… Es decir, es un terrible cataclismo que azota el universo entero, en el que se juntan las aguas superiores del cielo, con las inferiores de la tierra (del abismo). Y el arca aparece como una pequeña barquilla solitaria y abandonada, a merced del horroroso caos…

Como ya vimos, para la tradición sacerdotal, el pecado que había cometido la humanidad no era un simple hecho que hace infeliz al pecador. No. Es un hecho cósmico, universal, estructural… que destruye la creación entera. Al principio del mundo, Dios había separado las aguas superiores de las aguas inferiores (Gén 1,7). Ahora, el pecado del ser humano (de la humanidad), ha dado marcha atrás con toda la creación, que se destruye completamente, una verdadera anti-creación, un caos como al principio (Gén 1,1.2).

La salida del arca

La cuarta parte (el fin del diluvio) también está contada de manera diversa por ambas tradiciones. El relato yavista (Gén 8,2b.3ª.6-12.13b), más centrado en la persona de Noé, como dijimos, afirma que el patriarca, al no poder mirar hacia fuera por la ventana del techo, para ver si la tierra ya estaba seca o no, encontró una sabia solución: envió afuera un cuervo y luego una paloma. La primera vez la paloma regresó enseguida. La segunda, regresó con un ramito de olivo en el pico. Y la tercera, ya no volvió… Así, el inteligente Noé sabe que la tierra está seca y puede salir del arca.

En cambio, en la versión sacerdotal, Noé no tiene ninguna iniciativa (Gén 8,1-2ª. 3b-5.13ª.14-19). Dios en persona es quien le avisa que ya puede salir del barco. Para el autor sacerdotal, las acciones parten siempre de Dios. Dios dirige y domina todo. Noé es solamente un débil y pequeño hombrecito… sometido a la poderosa y férrea voluntad divina.

El nuevo mundo yavista

Cuando salen del arca, nos encontramos de neuvo con dos versiones diferentes del final de la historia: según el yavista (Gén 8,20-22), apenas salió Noé del arca, construyó un altar y sacrificó allí algunos animales en agradecimiento a Dios. Ahora se entiende por qué el patriarca había puesto siete parejas en el arca. De haber llevado una sola, como contaba el sacerdotal, no habrían podido reproducirse las especies sacrificadas y se habrían extinguido…

Luego dice el yavista que a Dios le agradó este sacrificio y se comprometió a no mandar nunca más un diluvio sobre la tierra. Curiosamente, la razón que da es que los pensamientos del corazón humano están inclinados al mal ya desde la infancia (Gén 8,21). ¡La misma razón que había llevado antes a Dios a mandar el diluvio! (Gén 6,5), es la que ahora lo lleva a no mandarlo nunca más. En toda la Biblia no existe un texto que muestre, en forma tan realista, los sentimientos contradictorios de Dios ante el pecado del ser humano. Por un lado lo ofende y provoca su ira; pero por otro siente tanta ternura por él, que ese mismo pecado lo vuelve aún más amoroso y comprensivo…

Finalmente, para el yavista, la señal de que Dios no volverá a destruir a la humanidad, es que los ciclos de la naturaleza nunca más se alterarán (Gén 8,22). Para el yavista, pues, la señal del amor de Dios, se encuentra en los hechos de la naturaleza: en el paso del verano y el invierno, en los ciclos del día y de la noche, en el transcurso de la vida... Ahí se descubre cuán cercana está la mano protectora de Dios. Es una de las ideas más optimistas y esperanzadoras de toda la Biblia.

El nuevo mundo sacerdotal

En cambio, en la versión sacerdotal (Gén 9,1-17), Noé no le ofrece a Dios ningún sacrificio, pues Noé no tiene iniciativas. Es Dios quien le ofrece a Noé una bendición y una alianza. Como la primera creación había quedado destruida, era necesario crear una nueva. Por eso dice que Dios bendijo a Noé y a sus hijos diciendo: “Sean fecundos y multiplíquense” (Gén 9,1), tal como al principio Dios le había dicho a la primera pareja humana (Gén 1,28). Además, así como en la primera creación, Dios había autorizado a esta pareja a comer solamente frutas y verduras (Gén 1,29), ahora, a Noé y a sus hijos, los autoriza a comer carne (Gén 9,3). La nueva creación incluye una nueva dieta, porque ahora los seres humanos tienen mayor poder sobre los animales, a quienes ha salvado.

También en esta versión, Dios se compromete a no mandar más un diluvio. Pero la señal de su protección, no es el cambio de estaciones (como afirma el yavista), sino el arco iris del cielo (Gén 9,12). Significa que Dios ha cambiado el arco de la guerra (el diluvio), por el arco de la paz y de la esperanza. A esta promesa de Dios, se le da el nombre de “alianza”. Esta se convierte en la primera alianza que Dios hace con un ser humano en la Biblia. Para el autor sacerdotal, pues, la señal del amor de Dios se encuentra en la alianza que hizo con los hombres y mujeres.

Todas las inspiraciones valen

La historia del diluvio universal, contada en el Génesis, es una mezcla de dos narraciones combinadas. Una que pertenecía al autor yavista. La otra, al autor sacerdotal. Una más espontánea, más personal y natural. La otra más institucionalizada, estructura y formal. La primera más laical. La segunda más clerical. La primera, tendiente a valorizar más lo humano. La segunda, acentuando más lo divino.

Y el redactor final del Génesis, no tuvo ninguna dificultad en ensamblar ambos relatos, aparentemente tan contrastantes, para formar con ellos uno solo. De un modo magistral, se valió de dos inspiraciones diversas, para dar vida a una de las historias más bellas, fascinantes y maravillosas de todos los tiempos.

Hoy en nuestra Iglesia contemporánea, siguen coexistiendo estas dos concepciones diversas, la más espontánea y la más estructurada. Las dos son valiosas, las dos son importantes y las dos se necesitan. En la catequesis, en las parroquias, en los movimientos eclesiales, estas dos inspiraciones surgen permanentemente. A veces se enfrentan entre ellas, compiten y rivalizan, tratando de ahogar la una a la otra, o de imponerse la una sobre la otra. Pero las dos son productivas.

Sería espléndido aprender del viejo cronista bíblico, quien en vez de fijarse en los detalles que diferenciaban a una y otra postura, supo hallar lo mejor de ellas, para unirlas y formar una historia, en la cual no se excluía a nadie, ni se eliminaba al diferente, ni se imponía una nueva postura. Sólo por esa enseñanza, el relato merecía figurar en la Biblia.

 

¿Existió el arca de Noé?

Allá en el Ararat

Existe una montaña que tiene el preciado privilegio de ser la más visitada, escalada, investigada y ventilada por los medios de comunicación. Se trata del célebre monte Ararat. Toda su alcurnia le viene de que, según la Biblia, fue el lugar donde encalló el arca tripulada por Noé, su esposa y sus tres hijos, luego de terminado el famoso diluvio universal, que acabó con la vida de hombres y mujeres, animales y plantas del planeta.

El Ararat es una pequeña cadena montañosa de 13 kms de largo, ubicada entre los actuales países de Turquía y Armenia. Tiene dos cima principales: el Ararat mayor al norte, de 5.165 ms de altura, cubierto de nieves perpetuas y el Ararat menor al sur, de 4.300 metros. Según la tradición, la nave de Noé con su particular zoológico, habría llegado a la primera de ellas, en la ladera sudoeste, que pertenece a Turquía y varado a una altura de 2.000 metros. Por ello, desde muy antiguo, el monte se ha visto envuelto por un halo d fascinación, y ha gozado de una singular veneración.

En busca del arca perdida

Ya los primeros cristianos que habitaban en los alrededores, levantaron allí un templo, al que llamaron el “Templo del Arca”, y en el cual festejaban anualmente la fecha en que salieron de la nave, sus estupefactos pasajeros. Pero, con el correr de los siglos, la fantasía fue estimulándose cada vez más, y comenzó a abrigarse la ilusión de poder hallar el colosal buque, que había salvado a los padres de la nueva humanidad.

El primero que dijo haberlo encontrado fue San Jacobo, monje del siglo VII d. C. Según él, por una inspiración del cielo, encontró en medio de las nieves, que cubren las faldas del monte, un trozo de madera del arca, que todavía es conservada por los armenios en un suntuoso relicario. Pero fue un pastor de una pequeña aldea llamada Bayzit, ubicada a los pies del monte, quien cierto día a finales del siglo XVIII, dijo haber visto un extraño barco en el monte sagrado. Esto desató una fiebre expedicionaria tal, que llegó hasta nuestros días.

Muchos éxitos pero sin pruebas

En el año 1892, el doctor Nouri, un diácono de la iglesia cristiana malabar de la India, en un viaje al Ararat, aseguró haber encontrado el arca entre las nieves perpetuas y haber explorado su interior. Como nadie le creyó, quiso mostrar las pruebas que traía entre sus pertenencias, pero… ¡se las habían robado! En el año 1916, en plena guerra mundial, un aviador ruso llamado Vladimir Roscovitsky, protagonizó uno de los episodios más “sonados” en torno al arca. Un caluroso día de agosto, mientras piloteaba su avión en las cercanías del Ararat, pudo divisar el gigantesco buque. Al regresar a la base, comunicó su sensacional hallazgo e inmediatamente el zar Nicolás II envió una expedición de 150 hombres, que aseguraron haber podido estudiarla, fotografiarla, medirla y dibujar sus partes durante un mes. Pero al año siguiente, al estallar la revolución rusa… ¡desaparecieron todos los documentos y las pruebas!

Treinta años más tarde, el 20 de enero de 1945, la prensa australiana publicó las declaraciones de la joven Arleene Deihar, de Sydney, quien afirmó que su novio, también piloto pero de la Royal Air Force, le había mostrado dos fotos, donde se veían claramente los restos del arca de Noé, tomadas en una de las laderas del monte. Pero ya no era posible verlas… ¡Él había sido abatido durante la Segunda Guerra Mundial, mientras volaba sobre Turquía.

Otra vez los fracasos

La fortuna parecía ser diversa para el ingeniero George Greene. En el año de 1952, mientras sobrevolaba la zona en un helicóptero, pudo distinguir la forma de un barco aflorando del hielo. Logró tomar 30 fotografías, que al ser reveladas mostraban una forma similar a la de una nave encallada en un barranco, sobre un precipicio. Entusiamado con su descubrimiento, intentó recolectar dinero para financiar una expedición a fin de rescatarla, pero pocos años más tarde fue asesinado, y lamentablemente… ¡todas sus pertenencias se perdieron, inclusive las fotos! En el año 1955, el francés Fernand Navarre, acompañado por dos guías turcos, aseguró haber llegado hasta el arca de Noé. Pero esta vez traía con él una prueba: un trozo de madera negra calafateada con brea, tal como dice la Biblia que fue acondicionada. Cuando se creía por fin haber dado con restos de la nave, fue sometida a la prueba del carbono 14, y demostró remontarse al siglo VI… ¡después de Cristo!

Según puede verse, el hecho de que cada vez que se obtienen algunas pruebas, éstas se pierden o resultan insustanciales, ya engendra cierta sospecha sobre la seriedad de aquellos, además de las discrepancias. En efecto, mientras la expedición del zar ruso, dio con el arca en el sur de la montaña, Greene aseguró haberla fotografiado en el lado norte.

La montaña por el país

Pero lo que realmente descalifica a toda esta febril búsqueda, es que todas las expediciones parten de un supuesto erróneo, que a lo largo del tiempo no se ha podido aún corregir. En efecto, el libro del Génesis cuando relata el final del diluvio, no dice que el arca se detuvo “en el monte de Ararat” como interpretan todos, sino “en los montes de Ararat” (Gén 8,4). Y, para la Biblia, “Ararat” no es el nombre de un monte, sino de un país, como se ve por las otras veces que aparece mencionado (ver 2 Rey 19,37; Is 37,38; Jer 51,27). Y ¿a qué país corresponde Ararat? Corresponde al antiguo Urartu, es decir, la actual Armenia. Por eso, todos los biblistas están de acuerdo en que la traducción correcta sería “los montes del país de Armenia”, como efectivamente tradujo san Jerónimo en la Vulgata.

Por lo tanto, lejos de precisar el lugar, la Biblia da una localización muy vaga, ya que puede ser cualquier lugar de Armenia, pues toda ella es una meseta elevada. Y si queremos pensar spolo en su región propiamente montañosa, ésta se extiende a lo largo de más de 230 kms.

¿El arca existió realmente?

Pero la pregunta que se impone ante el episodio del Génesis es ésta: ¿pretende la Biblia contar un hecho que sucedió realmente, o se trata de un relato didáctico? Por el modo de contarlo y por los detalles que brinda, todo hace pensar o suponer que es lo segundo, como podemos ver. En primer lugar, Noé recibe órdenes de Dios, de construir una nave de 150 ms de largo, 25 de ancho y 15 de alto, con tres pisos de 5 metros de altura cada uno.

Estas medidas resultan desorbitadas, ya que son las de un transatlántico moderno, jamás logrado por la ingeniería naval hasta el siglo XIX. Además, el relato está ubicado en la prehistoria, cuando aún no se conocía el uso de los metales ¿Cómo hacer un navío tan grande sin instrumentos metálicos? Se habría necesitado, además, el concurso o la ayuda de cientos de hombres o personas ¿Cómo fue construido solamente con el modesto aporte de Noé, su mujer, sus hijos y sus nueras?

En torno a los animales

Lo más pintoresco y difícil de admitir es lo referente a los animales, que Noé y los suyos debían meter o introducir en el arca ¿Cómo pudieron reunir una pareja de todas las especies existentes, para salvarlas de su extinción? ¿Fueron capaces de recorrer los cinco continentes del planeta para traerlos, algunos desde 20.000 kms de distancia?

Y encima a esto se agrega otra dificultad: existen sobre la tierra 1.700 especies de mamíferos, 10.087 de aves, 987 de reptiles y aproximadamente 1.200.000 de insectos. Para peor, se calcula que en esa época, las especies de mamíferos eran 15.000, las de aves 25.000, las de reptiles 6.000, las de anfibios 2.500 y más de 10 millones de insectos. Más aún. Los zoólogos calculan que en nuestro planeta, puede haber entre cinco y diez millones de especies animales aún sin identificar, ocultas a los ojos de la ciencia, en los hielos polares, en las densas selvas tropicales o bajo las arenas del desierto. Cargar el arca con este bagaje, hubiera sido un trabajo imposible para los viajeros.

Y ¿cómo hicieron ocho personas para alimentar, dar de beber, limpiar y cuidar semejante cantidad de animales y bestias? Más aún: ¿Cómo pudo Noé con su familia crear el ambiente adecuado para cada una, con sus respectivos requerimientos de dietas, climas y otras necesidades, cuando actualmente los zoológicos, con todas las técnicas modernas, logran apenas mantener vivas algunas especies en cautiverio?

Finalmente, los ecologistas sostienen que una especie está extinguida, cuando quedan pocos cientos de ejemplares. Por ejemplo, de los osos pandas hoy en día viven apenas unos 100 ejemplares en los zoológicos, mientras que tan solo unos 1000 osos pandas pueden sobrevivir en su estado natural, dentro de reservas que se han creado especialmente para ellos, llenas de espesos bosques de bambú, de la China suroccidental. Y por eso, se consideran en peligro de extinción, pues es casi imposible recuperar esta especie en estado salvaje ¿Cómo pudo repoblarse el planeta, con tan sólo una pareja de cada uno?

En torno a la lluvia

Según la Biblia, llovió durante 40 días y 40 noches sin parar (Gén 7,17). Pero sabemos que el ciclo hidrológico de evaporación que provoca las lluvias, resulta incapaz de proveer semejante cantidad de agua. Asimismo, dice que la masa de agua cubrió todo el mundo. Esto resulta imaginable en una época en que se pensaba que la tierra era un disco plano de dimensiones reducidas, y que la bóveda que la recubría, es decir, el firmamento, permitía acumular más rápidamente las aguas. Pero ¿podemos seguir pensando que, en 40 días de lluvia, se cubrió todo el planeta, hoy que sabemos que tiene una superficie de 509.880.000 kms?

Afirma también que las aguas subieron 7 metros por encima de los montes más altos de la tierra (Gén 7,19-20). Ahora bien, el monte más alto del planeta es el Everest, con 8.846 ms. Por lo tanto, para que las aguas alcancen esta altura de casi 9 kms, hacía falta que todos los mares subieran a razón de 222 metros por día. Pero cualquier meteorólogo confirmaría el hecho, de que si las nubes que actualmente están en nuestra atmósfera, se precipitaran de repente sobre todo el planeta, el globo terráqueo quedaría apenas cubierto por menos de 5 cms de agua…

Más sobre el agua

La bioestratigrafía, por su parte, rechaza la hipótesis de una muerte simultánea de todas las especies que habitaron el planeta. Más bien sostiene lo contrario. La arqueología también niega que se hayan podido conservar sin desvanecerse, pinturas primitivas como las de Çatal Hüyük en Turquía, que datan del 7.000 a. C. o las de Teleilat Jassul.

Y las plantas ¿Cómo se rescataron del agua? El relato no dice nada al respecto. Y los peces que tampoco fueron puestos a salvo en el arca… ¿Cómo no perecieron al mezclarse las aguas dulces con las aguas saladas? Sólo una cadena continua de milagros hubieran hecho posible todos estos acontecimientos. Era poco probable debido a que en los milagros bíblicos sirven para aumentar la fe de la gente, no para exterminarlas.

¿Por qué no decir esto antes?

Este flujo de objeciones nos enfrenta con la respuesta al problema: ¡Nunca hubo un gran diluvio! Tampoco la Biblia no tiene la intención de enseñar esto como un hecho histórico. No se puede negar la existencia de una inundación, o una gran inundación antigua, pero nunca ha sido universal con el fin de destruir cualquier clase de vida, tal como se describe en la Biblia.

Al leer esta respuesta, tal vez alguien se sienten engañado y pensar: ¿Por qué, entonces, la Biblia no advierte a sus lectores de que no está contando algo en serio, para evitar muchos malentendidos más adelante? Pero la verdad es que todos los destinatarios de estos relatos lo sabían. El mismo lenguaje y las imágenes utilizadas, hacían que los lectores comprendieran de inmediato que no se enfrentaban ante una crónica periodística, sino ante una narración didáctica. No era necesario comenzar la exposición con una advertencia a los lectores, como ahora cualquiera que lea una novela de García Márquez, no necesita para ser avisado en la primera página: "¡Atención, no vaya a creer lo que este libro dice! ¡Es sólo de una ficción!" Somos nosotros con nuestra mentalidad moderna, que atribuimos historicidad a unos relatos que no pretendían tenerla.

Lo que el diluvio enseña

Por lo tanto, el autor no trató de presentar un hecho histórico, sino una historia didáctica para enseñar un mensaje religioso. Y si esto había ocurrido en realidad no tendría ninguna importancia. Es decir, el autor encontró en la tradición, el recuerdo de esta historia, dejando a la tradición la responsabilidad de que sea cierta. Sólo quería apropiarse de este relato, porque constituía un valioso material capaz de transmitir una lección o enseñanza religiosa. Entonces: ¿Qué mensaje nos deja el episodio de la gran inundación?

En primer lugar, muestra cómo este se produce por culpa de los pecados del ser humano. Estos se acumulan en toda la tierra, a tal punto que la corrompen, con el consiguiente desastre y catástrofe. Y con esto se vuelve al caos antes de la creación. Todo el orden que Dios había establecido para crear el mundo, puede ver destruido y volver al punto cero, gracias a la irresponsabilidad de los hombres y de las mujeres.

El patriarca mudo capaz de instruir

En medio de toda la gente mala, hay uno que es justo: Noé. Dios, entonces, tomada la decisión de destruir a los seres humanos y salvar a Noé; pero en primer lugar, lo pone a prueba: le ordena construir una gran embarcación en pleno desierto, en tierra firme, y sin decirle para qué. Nada más por el simple hecho de que Él lo ordena. Meterse luego dentro y esperar…

Nos podemos imaginar al pobre Noé, expuesto a la burla de sus contemporáneos, a quienes no sabe dar el motivo más que el siguiente: "Fue Dios quien me envió. Son cosas de él. Obedezco”. Nos muestra la fe y la sumisión de este hombre increíble, obediente en todo, y que a lo largo de los cuatro capítulos del relato, no pronuncia ni una sola palabra. Nunca, de ningún personaje bíblico, se dijo tanto y se le vio hablar tan poco!

Entonces Dios le revela su secreto: "Yo haré llover sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches, y borraré de la superficie de la Tierra a todos los seres que he creado" (Gén 7,4). El mensaje por lo tanto es muy claro, aunque se nos cuenta con el lenguaje del Antiguo Testamento: Dios da una orden. Si el ser humano desobedece, se destruye a sí mismo. Si obedece, como hace Noé, se salva.

Además, es Dios quien da las medidas del arca, el material que debe ser utilizado, e incluso cómo construirla. Esto significa que todo aquel o aquella que construye su vida con las medidas de Dios, siempre va a sobrevivir a cualquier tormenta o tempestad. Quién no oye su voz, se ahoga…

Atender a esto es mucho más importante que saber si hubo o no mucha lluvia durante 40 días, y en dónde quedó encallada el arca. Es la lectura que debería hacerse del relato de Gén 6-9. De esta forma, habría menos gente interesada en escalar el Monte Ararat en busca del arca, y más bien, procurando sumergirse en la Palabra de Dios, buscando vivir su mensaje.

 

P Ariel Álvarez Valdés

 

 

 

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