La transmisión del pecado original y la situación de María Inmaculada

 Algunos de los Padres de la Iglesia, sostenían que el pecado original era transmitido a través del semen de padre a hijo, generación tras generación, y que por ello en la concepción de la Virgen María Dios, intervino directamente para que esto no sucediera así. ¿Qué hay de cierto en esa “teoría del semen”? ¿Qué creemos los católicos con base al pecado original y lo que es?

Cuando la Iglesia habla del pecado original, lo que nos quiere explicar es que los seres humanos nacemos unidos al primer hombre, Adán, en una especie de “solidaridad en el mal”, pero no por eso como un pecado personal, que hayamos cometido. Es decir, que toda la humanidad ha nacido bajo el poder del Pecado (con mayúscula), pero especialmente llamada a vivir bajo la gracia de Cristo, infinitamente más grande que el pecado. 

pecado originalSomos “solidarios en Adán pecador”, puesto que participamos en el “pecado original” del primer hombre, que lo “traemos” en nuestra naturaleza humana, independientemente de nuestros pecado personales o de nuestras conductas individuales, pues “por un hombre entró el pecado en el mundo” (Rom 5,12). Dicho de otra forma: el pecado de Adán lo heredamos todos, pues nos asociamos corporativamente al pecado de nuestro primer antepasado de la humanidad. Todos “participamos” de la culpa de Adán y hemos nacido con ese “pecado original”.

El Catecismo de la Iglesia lo presenta de la siguiente manera:

“Todos los hombres están implicados en el pecado de Adán. San Pablo lo afirma: "Por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores" (Rm 5,19): "Como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron..." (Rm 5,12). A la universalidad del pecado y de la muerte, el apóstol opone la universalidad de la salvación en Cristo: "Como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno solo (la de Cristo) procura a todos una justificación que da la vida" (Rm 5,18)…

Siguiendo a san Pablo, la Iglesia ha enseñado siempre que la inmensa miseria que oprime a los hombres y su inclinación al mal y a la muerte no son comprensibles sin su conexión con el pecado de Adán y con el hecho de que nos ha transmitido un pecado con que todos nacemos afectados y que es "muerte del alma" (Concilio de Trento: DS 1512). Por esta certeza de fe, la Iglesia concede el Bautismo para la remisión de los pecados incluso a los niños que no han cometido pecado personal (cf. ibíd., DS 1514)…

¿Cómo el pecado de Adán vino a ser el pecado de todos sus descendientes? Todo el género humano es en Adán "Como el cuerpo único de un único hombre”. Por esta "unidad del género humano", todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como todos están implicados en la justicia de Cristo. Sin embargo, la transmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente. Pero sabemos por la Revelación, que Adán había recibido la santidad y la justicia originales,  no para él solo sino para toda la naturaleza humana: cediendo al tentador, Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído...

Es un pecado que será transmitido por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana, privada de la santidad y de la justicia originales. Por eso, el pecado original es llamado "pecado" de manera análoga: es un pecado "contraído", "no cometido", un estado y no un acto…” (Catecismo de la Iglesia Católica 402-404).

No se trata, pues, de un pecado personal, que todos hayamos cometido. Por eso, la Iglesia añade que  “aunque propio de cada uno (cf. ibíd., DS 1513), el pecado original no tiene, en ningún descendiente de Adán, un carácter de falta personal. Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal es llamada "concupiscencia"). El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual...” (Catecismo de la Iglesia Católica 405).

En el caso de María, nuestra Madre

Pues bien ¿cómo se libró María de este “pecado contraído”? Pues María fue engendrada por unos padres como los nuestros, que conocemos como San Joaquín y Santa Ana que, aunque eran santos, nacieron como nosotros “en pecado” y engendrarían a sus hijos, en este caso, María, en pecado también…, inclinada al pecado y a la concupiscencia, como nosotros (ver Rom 6,12; 7,15-25). Vamos a ver lo que enseña la Iglesia, con respecto a María, en esto del pecado original:

“Para ser la Madre del Salvador, María fue "dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante" (LG 56). El ángel Gabriel en el momento de la anunciación, la saluda como "llena de gracia" (Lc 1, 28). En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación,  era preciso que ella estuviera totalmente conducida por la gracia de Dios. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María "llena de gracia" por Dios (Lc 1, 28), había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX:

“... la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original,  en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano (Pío IX, Bula Ineffabilis Deus: DS, 2803).

Esta "resplandeciente santidad del todo singular", de la que ella fue "enriquecida desde el primer instante de su concepción" (LG 56), le viene toda entera de Cristo: ella es "redimida de la manera más sublime, en atención a los méritos de su Hijo" (LG 53). El Padre la ha "bendecido [...] con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" (Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. Él la ha "elegido en él antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor" (cf. Ef 1, 4)…”  (Catecismo de la Iglesia 490-492).

Es decir, que por la gracia de su elección para ser Madre del Redentor, María es engendrada por sus padres en plena gracia de Dios (concebida sin pecado original, entendiendo este pecado como pecado que todos hemos “heredado”, en Adán…). El Antiguo Testamento habla de un “contagio del pecado” que afecta a “todo nacido de mujer” (ver Sal 50,7; Jb 14,2). En el Nuevo Testamento, san Pablo enseña que, como consecuencia de la culpa de Adán, “todos pecaron” y que “el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación” (Rom 5,12.18).

Por consiguiente, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, el pecado original “afecta a la naturaleza humana”, que se encuentra así “en un estado caído”. Por eso, el pecado se transmite “por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana, privada de la santidad y de la justicia originales” (n° 404). San Pablo admite una excepción de esa ley universal: Cristo, que “no conoció pecado” (2 Cor 5,21) y así pudo hacer que sobreabundara la gracia “donde abundó el pecado” (Rm 5,20).

Estas afirmaciones no llevan necesariamente a concluir que María forma parte de la humanidad pecadora y que, por eso, haya “contraído” el pecado original. El paralelismo que san Pablo establece entre Adán y Cristo (ver Rom  5,12-21), se completa con el que establece entre Eva y María: el papel de la mujer, notable en aquella primera historia del pecado, lo es también en la redención de la humanidad.

Por eso, San Ireneo presenta a María como la nueva Eva que, con su fe y su obediencia, contrapesa la incredulidad y la desobediencia de Eva. Ese papel en la historia de la salvación, exige la ausencia de pecado. Era conveniente que, al igual que Cristo, nuevo Adán, también María, nueva Eva, no conociera el pecado y fuera así más apta para cooperar en la redención. El pecado, que como torrente arrastra a la humanidad, se detiene ante el Redentor y su fiel colaboradora, su Madre. Con una diferencia sustancial: Cristo es totalmente santo, en virtud de la gracia que en su humanidad brota de la persona divina. María, su Madre, es totalmente santa en virtud de la gracia recibida por los méritos del Salvador.

De forma que sí podemos afirmar que el Señor “intervino” por su gracia y su amor, en el momento en que nuestra Madre del cielo fue engendrada por sus padres. Ella fue librada, redimida y salvada por su Hijo Jesucristo, siendo el  primer fruto de su redención. Es todo un privilegio de Dios.

MedallaMilagrosa

Hacia el año 1128 d. C, un monje de Cantorbery, llamado Eadmero, escribiendo el primer tratado sobre la Inmaculada Concepción, recurría oportunamente a la imagen de la castaña, para explicar la concepción inmaculada de María, “que es concebida, alimentada y formada bajo las espinas, pero que a pesar de eso queda al resguardo de sus pinchazos”. Incluso bajo las espinas de una generación, que de por sí debería transmitir el pecado original -argumentaba Eadmero-, María permaneció libre de toda mancha, por voluntad explícita de Dios que, como él decía, “lo pudo, evidentemente, y lo quiso. Así pues, si Dios lo quiso, así lo hizo”. 

La afirmación del excepcional privilegio concedido a María, pone claramente de manifiesto que la acción redentora de Cristo no sólo libera, sino también preserva del pecado. Esa dimensión de “preservación”, que es total en María, se halla presente en la intervención redentora, a través de la cual, el Hijo de Dios, liberando del pecado, da al ser humano también la gracia y la fuerza para vencer su influjo en su existencia. De esta forma, el dogma de la Inmaculada Concepción de María no ofusca, sino que más bien contribuye admirablemente a poner mejor de manifiesto, los efectos de la gracia redentora de Cristo en la naturaleza humana.

A nuestra Madre María, la primera  mujer redimida por Cristo, que tuvo el privilegio de no quedar sometida ni siquiera por un instante al poder del mal y del pecado, los cristianos la miramos como al modelo perfecto y la imagen de la santidad perfecta (ver Concilio Vaticano II. Constitución Luz de las gentes, n° 65),  una santidad a la que somos llamados a alcanzar, con la ayuda de la gracia del Señor.

Pbro. Mario Montes Moraga
Departamento de Animación Bíblica
Centro Nacional de Catequesis

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Fecha de publicación: Viernes 19 de septiembre 2014