¿Son mencionados los OVNIs en la Biblia?

Ante el debate propuesto por Teletica Canal 7 en la sección de debates de Telenoticias el pasado martes 11 de noviembre sobre si los OVNIs son o no mencionados en la Biblia (ver vídeo aquí), preguntamos al Pbro. Mario Montes Moraga, reconocido biblista del Centro, sobre la opinión de la Iglesia y la posibilidad de que en la Biblia se mencionaran dichos fenómenos, ante lo cual el padre nos refirió a un artículo del P. Ariel Álvarez Valdés (doctor en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia de Salamanca), quien narra y explica desde un punto de vista católico lo que serían los tres fenómenos más cercanos con OVNIs según los que creen que la Biblia los menciona.

Compartimos a continuación el artículo.

 

 

¿Qué dice la Biblia sobre los extraterrestres?
P Ariel Álvarez Valdés

Tres encuentros cercanos

Los que creen en los ovnis y en los platos voladores suelen citar la Biblia como prueba de que hay vida en otros planetas. Esto se debe a que, efectivamente, hay tres personajes bíblicos que parecen haber tenido contacto con seres extraterrestres durante sus vidas. Dos de ellos, según el texto sagrado, fueron arrebatados y llevados al cielo, y no volvieron nunca más. Son el patriarca Henoc (Gén 5,18-24) y el profeta Elías (2 Reyes 2, l-13). De este último se afirma incluso que fue raptado por “un carro de fuego con caballos incandescentes”.

El tercero es el sacerdote Ezequiel, el cual una noche llegó a contemplar un extraño vehículo del que descendieron cuatro seres con alas de águila, pezuñas de buey y cuatro caras cada uno (Ez 1,1-28). Mucho se ha especulado hasta el día de hoy sobre estos enigmáticos episodios. ¿Adónde fueron Henoc y Elías? ¿Por qué desaparecieron misteriosamente? ¿Qué fue lo que vio Ezequiel? ¿La Biblia demuestra la existencia de los ovnis?

El “caso” Henoc (Gén 5, 18-24)

El primer personaje bíblico citado por los creyentes del fenómeno de los ovnis es el patriarca Henoc, uno de los descendientes directos de Adán, que aparece descrito en el Génesis con características muy particulares. Ante todo, porque dentro de una larga lista de patriarcas que vivieron cientos de años, él es el que menos tiempo vivió. Segundo, porque sólo llegó a vivir 365 años. Y este número corresponde exactamente a la cantidad de días que tiene el año, lo cual hace pensar que se trataba de alguien vinculado con el mundo astronómico.

Tercero, porque se dice de él que “anduvo con Dios”. Cuando la Biblia quiere decir que alguien es muy bueno, dice que anduvo “delante de Dios” (como Abrahán, Isaac, David), o que anduvo “cerca de Dios” (como ciertos reyes de Israel). Pero decir que anduvo “con Dios” implica una santidad y una cercanía a Él extraordinarias. Finalmente, porque se narra que Henoc no murió, sino que “desapareció, pues Dios se lo llevó”. Una afirmación realmente sorprendente para las Sagradas Escrituras, las cuales dan a entender que nadie pueda ir hasta donde Dios está.

Viaje especial, no espacial

¿Quién era Henoc? ¿Por qué “desapareció”? ¿Adónde se lo llevó Dios? Para responder a tales preguntas debemos tener presente que este patriarca ocupa el 7º lugar en la lista de descendientes de Adán. Y que el número 7 es una cifra simbólica en la Biblia que significa “perfección”. Ahora bien, quienes compusieron esta lista genealógica de descendientes de Adán eran los sacerdotes de Jerusalén, los cuales daban mucha importancia al simbolismo de los números.

Por eso, para que ocupara el séptimo lugar en ese elenco buscaron a alguien con características especiales y en cierto modo “perfectas”. Y lo encontraron en una antigua leyenda israelita, que relataba la historia de un hombre llamado Henoc, tan justo y bueno que para que no se contaminara en la tierra, Dios se lo llevó al cielo luego de permitirle vivir la cifra perfecta de 365 años.

Esta leyenda, que los sacerdotes resumieron y agregaron en la genealogía de Adán, sólo pretendía decir que Henoc había tenido una especial amistad con Dios, y que había logrado llegar a una cierta perfección durante su vida. Ver aquí algún tipo de “contacto extraterrestre”, es salirse totalmente de las intenciones del autor bíblico.

El “caso” Elías (2 Reyes 2, l-13)

Lo que le pasó al profeta Elías es más sorprendente todavía. La Biblia refiere cómo éste, cuando presintió que su muerte estaba cerca, salió a caminar a orillas del río Jordán en compañía de su discípulo Eliseo. De pronto bajó del cielo un carro con caballos de fuego que lo arrebató y lo hizo desaparecer en el aire, ante el asombro de Eliseo y de otros discípulos que contemplaban la escena.

Esta narración, más detallada y dramática que la de Henoc, también alimentó la fantasía de muchos lectores que no han dejado de preguntarse: ¿quién tripulaba ese carro tan espectacular? ¿Se hallará Elías en algún planeta? Incluso la tradición judía sigue actualmente esperando el regreso de Elías para el final de los tiempos.

Pero es sabido que en el Antiguo Testamento el poder Dios suele representarse con la imagen del carro de guerra, porque ésta era una de las armas más poderosas de la antigüedad. En este sentido, el salmo 68,18 afirma que “los carros de guerra de Dios son innumerables”. Isaías dice que “los carros de guerra de Dios parecen un torbellino” (Is 66,15). Y del profeta Eliseo se cuenta que un día Dios le mandó sus carros de guerra del cielo para defenderlo de sus enemigos (2 Rey 6,17). Los carros se describen como “de fuego”, porque en la Biblia ésta es la forma preferida por Dios para aparecerse entre la gente.

Por un final digno

Es decir, que cuando la Biblia habla de “carros y caballos de fuego” no alude a los ovnis ni a nave espacial alguna, sino que se refiere al poder, a la fuerza, al auxilio que Dios ponía a disposición de los hombres. Es ridículo, pues, tomar el relato de Elías al pie de la letra. Se trata simplemente de una narración poética que quería señalar cómo este gran profeta, el más importante de toda la historia de Israel, tuvo un final digno de su vida excepcional. Elías había luchado durante toda su vida para mantener la pureza de la fe israelita, y un personaje así merecía honores de héroe. Pues bien, la tradición, con esta historia simbólica, se los concedió.

El “caso” Ezequiel (Ez 1,1-28)

Pero el relato bíblico más impresionante es el que aparece en el libro de Ezequiel. Allí se cuenta que una noche, mientras el profeta estaba mirando al cielo de Babilonia, vio bajar a cuatro seres rodeados por una nube de fuego. Cada uno mostraba cuatro caras, con forma de león, de toro, de águila y de ser humano. Tenían, además, cuatro alas y piernas terminadas en pezuñas. Observó en medio de ellos un carro con cuatro ruedas que avanzaban en las cuatro direcciones, cuyas llantas estaban llenas de ojos.

Al elevar la vista, vio Ezequiel que la parte superior del vehículo era una bóveda luminosa, que brillaba como el cristal, sobre la cual había un trono de zafiro. Y allí sentada, una figura con apariencia humana envuelta en fuego y rodeada de un arco iris, cuyo rostro era imposible de distinguir. El espectáculo impactó tanto a Ezequiel que cayó boca abajo en la tierra sin poder seguir mirando. Y debió permanecer luego varios días encerrado en su casa, mudo y aturdido (Ez 3,15.24.26).

Un objeto volador sí identificado

Pero las imágenes desplegadas en esta visión resultan fácilmente entendibles para el que conoce los símbolos bíblicos. Lo que tuvo aquí Ezequiel fue simplemente una visión de Dios sentado en su trono. Es lo que se deduce de todos los elementos empleados. En efecto, quiénes eran estos seres fantásticos con alas y cuatro caras lo dice él mismo más adelante (Ez 10,15. 20-22): eran los querubines, figuras fantásticas que según los israelitas acompañaban a Dios a todas partes, y que por eso eran mencionados cuando se quería hablar de Él (1 Sm 4,4; 2 Sm 6,2). 

También se hallaban como adornos en el Templo de Jerusalén (1 Re 6, 23-29). Las extrañas ruedas no son sino la carroza del Arca de la Alianza, el vehículo en el que siempre se desplazaba Yahvé. Están llenas de ojos, porque los ojos representan la sabiduría de Dios. El vehículo tenía como techo una bóveda, porque para la Biblia Dios habita sobre la bóveda del cielo.

El fuego rodeaba a la figura para indicar que se trataba de Dios mismo. Y dice que Ezequiel no puede distinguirle la cara pero igualmente se arroja al suelo, porque según la Biblia nadie puede ver el rostro de Dios y seguir viviendo.

Cuando Dios viajó a Babilonia

El mensaje de la visión también resulta fácil de entender, teniendo en cuenta el contexto del relato. Ezequiel se encuentra en Babilonia, desterrado con un grupo numeroso de judíos, que se sienten solos y abandonados por Dios (Is 40,27; 49,14). Piensan que el Señor vive en Jerusalén, a miles de kilómetros de allí, y no se entera de sus problemas. La visión, pues, quiere hacerles saber que Dios ya no estaba más en Jerusalén. Que había llegado a Babilonia en su carro, para que ellos no volvieran a creerse abandonados. La enseñanza del relato es que Dios se había hecho ahora presente en medio de los exiliados. Más aún, Dios quería hacerles comprender que de ahora en adelante Él no estaba sujeto a ninguna ciudad ni a ningún templo (como ellos creían) sino que habitaba en todo el mundo.

Por eso se emplea tanto el número 4 (cuatro seres, cuatro alas, cuatro caras, cuatro ruedas, cuatro direcciones). Porque este número en la Biblia simboliza el cosmos, el universo entero con los 4 puntos cardinales. El libro de Ezequiel, pues, no alude en absoluto a fenómenos extraterrestres. Cualquier lector de aquella época comprendía inmediatamente el sentido de la narración y el mensaje que transmitía. En ninguno de los tres personajes bíblicos analizados, pues, hay alusión alguna a contactos con platillos voladores.

El mundo de aquel tiempo

Existe una poderosa razón por la cual la Biblia jamás menciona a seres de otros planetas, ni lo podría haber hecho. Y es porque la idea del cosmos que los hebreos tenían era muy diferente a la que tenemos hoy en día. Para ellos, la tierra era un enorme disco plano. (Sal 136,6), rodeado de aguas, y asentado sobre inmensas columnas llamadas las “columnas de la tierra” (1 Sm 2,8; Jb 9,6). Éstas, a su vez, estaban sumergidas en un profundo abismo de aguas (Ex 20,4), pero se ignoraba sobre qué estaban apoyadas en el fondo.

Creían, además, que el firmamento que se ve arriba en el cielo era tan só1o una cúpula de cristal celeste (Job 37,18), que se apoyaba en la tierra también por medio de columnas, llamadas las “columnas del cielo” (Jb 26,11). Del firmamento se creía que colgaban, como de un enorme cielo raso, el sol, la luna, las estrellas y los planetas (Gn 1, 14-15), los cuales cambiaban de posición y rotaban arriba empujados por ángeles.

Por lo tanto, las estrellas y los planetas en la Biblia son simples adornos del cielo, pequeñas lámparas puestas por Dios para iluminar a los hombres y orientarlos en la noche. Nunca pensaron que podían ser mundos inmensos habitados por otras criaturas.

Las Iglesias cósmicas

Desde que en 1947 el piloto norte americano Kennetb Arnold divisó por primera vez unos objetos no identificados en el cielo de Estados Unidos, cerca del Monte Rainier, y les puso el nombre de “platos voladores”, se desataron acalorados debates en torno a la cuestión de los ovnis y de las visitas de extraterrestres.

Según una encuesta Gallup, cerca de 5 millones de norteamericanos han observado objetos voladores en el cielo. Algunos incluso afirman haber sido arrebatadas y llevadas a otros planetas. Pero a pesar de todo lo que se habla y escribe sobre el tema, los científicos aún no han logrado reunir una sola evidencia sobre el tema, ni tampoco captar señales inteligentes del espacio exterior, por lo que la existencia de civilizaciones extraterrestres sigue siendo una mera hipótesis científica, lejos aún de ser demostrada. Esta falta de pruebas ha llevado a muchos a buscar en la Biblia testimonios de que existen contactos con seres de otros mundos desde épocas remotas. Y sobre estas bases, poco a poco, fueron apareciendo sectas y grupos que fomentan el culto a las naves espaciales.

Desde 1960 se produjo el auge de las Iglesias Cósmicas y la devoción a los seres de otras galaxias, con millones de adeptos en el mundo entero que confían que la salvación vendrá cuando los extraterrestres decidan bajar a la tierra para llevarnos a sus mundos, tal como lo hicieron con Henoc y Elías, y como le propusieron a Ezequiel. Pero esto es malinterpretar las Sagradas Escrituras.

El único que llegó del cielo

¿Existen los seres extraterrestres? La Biblia no lo afirma ni lo niega. Simplemente lo ignora. Y la ciencia tampoco ha podido hasta ahora aportar una sola prueba. El argumento que más se suele esgrimir en este sentido es el “cuantitativo”, que sostiene que es imposible que en los cientos de miles de galaxias que hay en el universo, con sus sistemas solares y planetas, sólo la Tierra sea un lugar habitado por seres vivos.

Pero no nos dejemos impresionar demasiado por el argumento de la pluralidad de mundos. La aparición de la vida es un fenómeno de índole “cualitativo”, y su comparación con todo lo que es meramente cuantitativo tiene poco peso. ¿Acaso Dios no puede amar tanto al hombre y privilegiar su existencia, al punto de crear todo ese derroche de mundos y de estrellas como adornos para él?

¿Es acaso absurdo pensar que Dios haya hecho existir una inmensa multitud de astros en un universo en génesis, para que en un pequeño satélite de uno de ellos se realizara la feliz aparición de la vida, la inteligencia y el espíritu? ¿La sola existencia de la humanidad no justifica el enorme despliegue de formas inventadas por la vida en movimiento? Negar esto, al menos como posibilidad, es subestimar el valor del hombre y disminuir el amor de Dios.

Sea como fuere, lo cierto es que si sólo la tierra estuviera habitada en todo el cosmos, no nos hallaríamos “solos” en el universo. Porque aparte de los millones de hermanos que tenemos en todas partes, también vino a nuestra Tierra a visitarnos el Hijo de Dios, Jesucristo. Y vino más allá de las estrellas, nada menos que estando junto a Dios, a poner su morada entre nosotros (Jn 1,1-18).

 

 

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Fecha de publicación: 13 de Noviembre 2014