Los catequistas ante la Palabra de Dios - I



Como catequistas, constantemente nos inquieta nuestra actitud ante la Palabra de Dios o Sagrada Escritura: si la estamos valorando lo suficiente, si nuestra actitud ante ella ha de ser en algo similar a la actitud que tenemos ante la Sagrada Comunión, si es suficiente con leerla y meditarla, etc. Intentemos responder alguna de esas inquietudes a partir del Magisterio de la Iglesia dado en el Concilio Vaticano II.

1. La mesa de la Palabra de Dios y la Eucaristía

Con respecto a la Sagrada Escritura, el Concilio Vaticano II, en su Constitución sobre la Revelación (Dei Verbum) en el No. 21 afirma lo siguiente:

La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo. La Iglesia ha considerado siempre como norma suprema de su fe la Escritura unida a la Tradición, ya que, inspirada por Dios y escrita de una vez para siempre, nos transmite inmutablemente la palabra del mismo Dios y en las palabras de los Apóstoles y de los Profetas hace resonar la voz del Espíritu Santo. Por tanto, toda la predicación de la Iglesia, como toda la religión cristiana, se ha de alimentar y regir con la Sagrada Escritura.

El Concilio, pone de manifiesto el valor inmenso que la Iglesia le ha dado a la Biblia, y cuánto ella ha apreciado o predicado de la Sagrada Escritura. El Concilio ha recordado el amor de la Iglesia por la Palabra de Dios y ha “devuelto” al pueblo de Dios la Escritura pues, en la práctica, la catequesis, por citar un ejemplo, hasta hace unas décadas, se apoyaba muy poco en la Palabra de Dios. Retomemos el texto del Concilio y analicemos algunos detalles.

2. La Sagrada Escritura y la Eucaristía

La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura
como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo

Lo primero que se nos dice es que la Iglesia venera la Sagrada Escritura en cuanto Palabra de Dios dirigida al hombre y mediante la cual Dios se comunica con el hombre, en la misma medida “como” hace con el Cuerpo de Cristo. Aquí cabe preguntarnos si cuando celebramos la Eucaristía escuchamos y nos dejamos alimentar de la Palabra en la misma medida en que lo hacemos a la hora de comulgar con el Cuerpo y Sangre de Cristo, o si todavía seguimos pensando que para participar de la Eucaristía basta con llegar a tiempo a la comunión o al credo, como se decía antes del Concilio, o seguimos pensando que la liturgia de la palabra es apenas una preparación para lo más importante, o sea, para la liturgia eucarística. Hemos de tomar conciencia de la importancia de la Biblia en la vida del cristiano, en la celebración de los sacramentos, en especial el de la Eucaristía, y no se diga en la catequesis.

Para comprender mejor esta relación Sagrada Escritura-Cuerpo de Cristo podemos valernos, entre otros, de los muchos textos que nos ofrece el Evangelio de san Juan en su capítulo 6 donde Cristo se presenta a sí mismo como:

* pan de vida 6,35.48

* pan vivo 6,51

* pan que da vida al mundo 6,33

* pan del cielo 6,32

* pan que baja del cielo 6,33.41.50.51,58

* verdadero pan del cielo que da el Padre 6,32

* Cristo da el pan vivo para la vida del mundo 6,51.

El efecto de este pan en la persona que lo recibe se describe así:

* el que viene a mí no pasará hambre 6,35

* el que cree en mí nunca tendrá sed 6,35

* lo que el Padre me da vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera 6,37

* ésta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna 6,40

* el que oye al Pa¬dre viene a mí 6,45

* las palabras que os he dicho son espíritu y vida 6,63

* el que come mi carne y bebe mi san¬gre tiene vida eterna 6,54

* Pedro identifica las palabras de Jesús como palabras de vida eterna 6,68.

El texto que pone ambas realidades en profunda unión es el del milagro del maná en el AT: Y te hizo pasar hambre y te dio a comer el maná que no conocías y no conocieron tus padres, para hacerte saber que no solo por el pan vivirá el hombre, sino que el hombre vivirá de todo lo que sale de la boca de Dios (Dt 8,3). Las palabras que salen de la boca de Dios, que son palabras de bendición son tan necesarias para la vida del ser humano como el pan que le alimenta y que llueve del cielo.

3. La sagrada Escritura y la Liturgia

Pues sobre todo en la sagrada liturgia,
nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles
el pan de vida que ofrece la mesa
de la palabra de Dios
y del Cuerpo de Cristo.

El Concilio nos hace ver la relación dentro de la Liturgia: Biblia y liturgia. Se remarca que es sobre todo en la liturgia donde el cristiano se alimenta de la mesa de la Palabra y del Cuerpo de Cristo. Notemos que el Concilio habla:

* con toda claridad de “la mesa”, ya que se trata de una mesa constituida por la Palabra y el Cuerpo de Cristo;

* habla igualmente con toda claridad de “el pan de vida”, ya que se trata de un solo pan en la Palabra y el Cuerpo de Cristo.

Quiere decir que así como hay una única mesa hay un único pan de vida en la Palabra y el Cuerpo de Cristo.

Ambas partes de la liturgia: liturgia de la palabra y liturgia eucarística son alimento para el creyente; en ambas Cristo se hace presente: en su palabra porque es Cristo mismo quien nos habla (sobre todo en la proclamación del Evangelio) y nos da vida; y en su Cuerpo y Sangre donde se nos da como alimento que otorga vida eterna, pero en ambas liturgias en igual condición al dársenos en una y otra como pan de vida. Cristo se nos da en su Palabra y se nos da en su Cuerpo y Sangre porque en ambos casos es el pan de vida eterna, al hacernos participar en la vida que Él recibe y comparte con el Padre.

Uno de los retos que se nos presenta es el de revitalizar la proclamación de la Palabra y las homilías en las celebraciones litúrgicas, sobre todo en los tiempos litúrgicos llamados fuertes, pues es en la liturgia donde los cristianos entran en contacto con las Escrituras, en particular con ocasión de la celebración eucarística dominical (IBI, IV C.1).

Desde el punto de vista de la catequesis hemos de tener en cuenta que la liturgia de la palabra es un elemento decisivo en la celebración de cada sacramento de la Iglesia, (IBI, p. 114; cfr. Catecismo, n° 1437). Nos preguntamos:

* ¿La catequesis del sacramento de la Eucaristía con vistas a la Primera Comunión, realmente prepara a los catequizandos para participar de la mesa o solo para la liturgia eucarística, dejando en la penumbra la liturgia de la palabra tan rica en contenido para ese sacramento de la Iniciación Cristiana?

* ¿La preparación al Sacramento de la Confirmación realmente prepara a los jóvenes para participar, ahora como adultos en la fe, en la mesa o solo para el rito del sacramento, dejando casi fuera de lugar la rica liturgia de la Palabra que lo acompaña?

Y así podemos hacernos preguntas semejantes en relación con los sacramentos de la Iniciación Cristiana y de cada uno de los sacramentos y su liturgia, pues cada uno de ellos tiene su propia y rica liturgia de la palabra en la mesa de la Eucaristía.

4. Sagrada Escritura, Tradición e Inspiración

La Iglesia ha considerado siempre
como norma suprema de su fe
la Escritura unida a la Tradición

Aquí se nos plantea la relación de la Biblia con Tradición y Magisterio, y ella constituye la norma de fe de la Iglesia. Se trata de considerar la Palabra de Dios como sustento, vigor, firmeza de fe, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual, en otras palabras estamos hablando de una espiritualidad bíblica. Puede surgirnos la pregunta de si

* nuestra fe de cristianos creyentes, es más, nuestros encuentros de catequesis se rigen efectivamente por la Palabra de Dios

* ella es su norma de donde brota la fe, mi fe que comunico en la catequesis y la que vivo en la Eucaristía.

Ya que, inspirada por Dios
y escrita de una vez para siempre,
nos transmite inmutablemente la palabra del mismo Dios
y en las palabras de los Apóstoles y de los Profetas
hace resonar la voz del Espíritu Santo.

Inspirada por Dios y escrita de una vez para siempre: es palabra de vida y vida eterna que comunica inmutablemente la palabra del mismo Dios, y hace resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles. Nos preguntamos:

* si tenemos conciencia de la inspiración divina de la Palabra y nos acercamos a ella con actitud de fe, con respeto y reverencia, haciendo antes de su lectura, meditación y oración una invocación al mismo Espíritu Santo que la inspiró

* si la lectura de la Palabra de Dios en el encuentro de catequesis se distingue de la lectura de otros textos o es uno más

* si su lectura hace resonar en los catequizandos la voz del Espíritu Santo.

Por tanto, toda la predicación de la Iglesia,
como toda la religión cristiana,
se ha de alimentar y regir
con la Sagrada Escritura.

Toda la vida de la Iglesia (predicación y religión) debe tenerla como alimento y regla, esto significa la puesta en acción de la animación bíblica de la pastoral. Juan Pablo II exhorta a que -transcurridos más de treinta años del Concilio- verifiquemos de qué manera se proclama la Palabra de Dios, así como el crecimiento efectivo del conocimiento y del aprecio por la Sagrada Escritura en el Pueblo de Dios (Carta apostólica Dies Domini, 1998, 40).

5. La Sagrada Escritura y la catequesis

No fue sino hasta después de la renovación conciliar que en la evangelización, en la pastoral y en la predicación, al igual que en la catequesis, se han asumido en el estudio y reflexión abundantes pasajes bíblicos, para tratar de vivirlos en la fe de la comunidad, en el ámbito familiar y personal.

Por lo anteriormente expuesto, el Concilio en la Dei Verbum 25 recomienda lo siguiente:

Es necesario que todos los clérigos, especialmente los sacerdotes, diáconos y catequistas dedicados por oficio al ministerio de la palabra, han de leer y estudiar asiduamente la Escritura, para no volverse ‘predicadores vacíos de la palabra, que no la escuchan por dentro’, y han de comunicar a sus fieles, sobre todo en los actos litúrgicos, las riquezas de la palabra de Dios. El Santo Sínodo recomienda insistentemente a todos los fieles, especialmente a los religiosos, la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo...

Hagamos un análisis de este texto conciliar: 

¿Qué sucede? Es necesario
¿Para quién? todos los clérigos
¿Específicamente quiénes? especialemente los sacerdotes
¿Alguien más? diáconos y catequistas
¿Motivo de la necesidad? se dedican legítimamente al ministerio de la palabra
¿Cuál es la necesidad? han de leer y estudiar
¿Con qué intensidad? Asiduamente
¿Qué cosa? la Escritura
¿Para qué? para no volverse predicadores vacíos
¿De qué? de la palabra
¿Causa del vacío? que no la escuchan por dentro
¿Qué misión tienen? han de comunicar
¿A quién? s sus fieles
¿Qué cosas? las riquezas
¿Cuáles riquezas? de la palabra
¿La Palabra de quién? de Dios
¿Quién lo recomienda? el Santo Sínodo recomienda
¿De qué manera? Insistentemente
¿A quién? a todos los fieles
¿A algunos en especial? especialmente a los religiosos
¿Qué cosa recomienda? la lectura
¿Con qué frecuencia? Asidua
¿De qué? de la Escritura
¿Para qué? para que adquieran
¿Qué cosa? la ciencia
¿Cuál ciencia? Suprema
¿De quién? de Jesucristo

Analicemos otros detalles del texto de la Constitución Dei Verbum:

Destinatarios
  • todos los clérigos, especialmente los sacerdotes, diáconos y catequistas
  • todos los fieles, especialmente los religiosos
Necesidad planteada
  • han de leer y estudiar la Escritura
  • la lectura de la Escritura
Frecuencia o intensidad
  • asiduamente
  • asidua
Misión que tienen
  • dedicados por oficio al ministerio de la palabra
  • comunicar… las riquezas de la palabra de Dios
Peligros latentes
  • volverse predicadores vacíos de la palabra
  • que no la escuchan por dentro
Conocimiento a adquirir
  • que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo

Sabemos que la Sagrada Escritura es la fuente primordial de la catequesis. El documento de las ‘Líneas comunes para la catequesis de América Latina’, del CELAM, al referirse a la Sagrada Escritura, en el n° 35, nos dice lo siguiente:

La Escritura que nace de la Tradición, es el documento principal de la predicación, por la fuerza de la divina inspiración. Contiene la palabra de Dios y, por ser inspirada, es Palabra de Dios para siempre. Esta palabra contiene la revelación del misterio de Cristo y en él del misterio de Dios y del hombre. Para su catequesis, su vida y su culto, la Iglesia siempre recurre a la Sagrada Escritura. Ella ocupa el primer lugar en las diversas formas del ministerio de la Palabra...”