¿Qué es la liturgia?



La Liturgia es la acción sacerdotal de Jesucristo, continuada en y por la Iglesia, bajo la acción del Espíritu Santo, por medio de la cual actualiza su obra salvífica a través de signos eficaces, dando así culto perfectísimo a Dios y comunicando a los hombres la Salvación.

La liturgia en la Constitución Dogmática Sacrosantum Concillium del Concilio Vaticano II

La relación entre la Palabra de Dios y la liturgia

He aquí los principios implícitos y derivados de tal presupuesto:

  • En el anuncio celebrativo de la Sagrada Escritura está Cristo presente (ver SC 7)
  • En la Palabra proclamada, durante la acción habla Cristo (Ibid; Misal Romano, OGMR 33).
  • La liturgia de la Palabra está enteramente vinculada a la liturgia del sacramento, hasta constituir con él un solo acto de culto, lo cual significa que la Palabra de Dios celebrada, es acción de culto, es decir, alcanza las finalidades por las que se proclama, se revela y se celebra (ver SC 56).

Algunas consecuencias en lo concerniente a la liturgia y su celebración concreta:

  • La suma veneración con que debe escucharse la Palabra de Dios, veneración análoga a la que se tributa al cuerpo del Señor (DV 21 a; 26; SC 24).
  • El vínculo entre rito y Palabra de Dios es tan íntimo y profundo, que no puede dejar de afirmarse cómo toda proclamación (incluso extrasacramental) de la Palabra, se relaciona (al menos implícitamente) con el rito; debe llevar al rito; el rito no es posible ni compresible sino en relación con la Palabra de Dios.
  • La proclamación de la Palabra, que se hace culto en la celebración, debe ir acompañada de la actitud orante (ver SC 48; DV 26).
  • La Palabra de Dios, que convoca a la familia de Dios (ver PO 4) y fomenta la vida espiritual (ver DV 36), alcanza en la celebración su máxima eficacia.

En otras palabras, el Concilio Vaticano II nos da la clave de interpretación y de lectura existencial de la relación existente entre celebración litúrgica y Palabra de Dios: la Palabra de Dios se hace celebración y la celebración no es sino la Palabra de Dios actualizada de forma suprema.

Ni una ni otra realidad pierden su propia originalidad. Aún siendo partes constitutivas de un único acontecimiento salvífico como la acción litúrgica, existe entre ellas una diferencia, si bien sólo de orden lógico, y, si se quiere, de orden cronológico, no de orden teológico, ya que cada una lo es para la otra. Su respectiva importancia no ha de buscarse en la correspondiente dignidad de naturaleza, sino en la respectiva dignidad de funciones: la Palabra de Dios prepara la celebración del sacramento; la celebración actualiza la Palabra de Dios.

Es importante caer en la cuenta que es sobre todo en la liturgia, donde los cristianos entran en contacto con las Escrituras, en particular, con ocasión de la celebración eucarística.

En principio, la liturgia, y especialmente la liturgia sacramental, de la cual la celebración eucarística es su cumbre, realiza la actualización más perfecta de los textos bíblicos, ya que ella sitúa su proclamación en medio de la comunidad de los creyentes, reunidos alrededor de Cristo para aproximarse a Dios (Véase Pontificia Comisión Bíblica: La interpretación de la Biblia en la Iglesia, nº 113).

Un excelente resumen de lo anterior, lo podemos encontrar en la instrucción “Eucaristicum Mysterium” (sobre el culto a la Eucaristía) nº 10, en relación con la Eucaristía:

Se requiere la predicación de la Palabra para el ministerio de los sacramentos, puesto que son sacramentos de fe, que procede de la Palabra y de ella se nutre. Esto se ha de decir sobre todo de la celebración de la misa, en la cual la liturgia de la Palabra tiene la intención de fomentar, de manera peculiar la unión estrecha entre el anuncio y la escucha de la Palabra de Dios y el misterio eucarístico...

Por tanto, los fieles, al escuchar la Palabra de Dios, comprendan que las maravillas que les son anunciadas, tienen su punto culminante en el misterio pascual, cuyo Memorial es celebrado sacramentalmente en la misa. De este modo, escuchando la Palabra de Dios y alimentados por ella, los fieles son introducidos en la acción de gracias a una participación fructuosa de los misterios de la salvación. Así la Iglesia se nutre del pan de vida, tanto en la mesa de la Palabra de Dios como en la del cuerpo de Cristo.

Biblia y oración

La fuerza de convocación de la Palabra

Se trata de esa fuerza de convocación que tiene la Palabra, cuando es leída en la liturgia y profundizada en la predicación. O sea, la Palabra en el ministerio de la Iglesia, como lo enfatiza la “Prebyterorum Ordinis”, en el nº 4:

El ministerio de la palabra se ejerce de forma múltiple, según las varias necesidades de los oyentes y los carismas de los predicadores. En las regiones o sectores no cristianos, por la predicación evangélica son atraídos los hombres a la fe y a los sacramentos; en la comunidad, empero, de los cristianos, entre aquellos señaladamente que parecen entender o creer poco aquello que frecuentan, la predicación de la palabra se requiere para el ministerio mismo de los sacramentos de la fe, la cual nace de la palabra y de ella se alimenta; esto hay que decirlo señaladamente de la liturgia de la palabra en la celebración de la Misa, en que se unen inseparablemente el anuncio de la muerte y resurrección del Señor, la respuesta del pueblo que oye y la oblación misma, por la que Cristo confirmó con su sangre la Nueva Alianza, oblación en las que los fieles comulgan de deseo y por la percepción del sacramento... (véase PO 4).

La Biblia como preparación a la liturgia