Espiritualidad y pastoral del año litúrgico



El culto auténtico

          El año litúrgico es la celebración de la obra salvadora de Cristo en el tiempo y, a la vez, expresa la respuesta de la Iglesia, vivida en la conversión y en la fe. Se trata de una de las características fundamentales del culto de la nueva alianza, culto que exige la santidad interior, es decir, la vivencia profunda de los gestos, la coherencia entre lo que se celebra y lo que vive, traducido en actitudes y comportamientos muy concretos. Como dice San Pablo:

Les pido, hermanos, por la misericordia de Dios, que se ofrezcan como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Este debe ser su auténtico culto. No se adapten a los criterios de este mundo, al contrario, transfórmense, renueven su interior, para que puedan descubrir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto... (Rom 12,1-2).

         Si en la antigua alianza, se pedía al pueblo de Israel el sacrificio del corazón, contrito y humillado, (como lo expresa el rey David en el salmo 51,19), en la nueva alianza sellada por Cristo con el nuevo pueblo de Dios que somos nosotros, se le pide un culto de corazón, de tipo espiritual (Jn 4,23-24). Por eso, el año litúrgico debe ser un instrumento de imitación de Jesucristo, en especial de sus misterios.

La imitación de Cristo, que nace de la celebración en el año litúrgico

          En efecto, la imitación de Jesucristo tiene un significado preciso en la espiritualidad cristiana. Se trata de un proceso, que comienza en los sacramentos de la iniciación cristiana y que va desenvolviéndose, mediante la Penitencia y la Eucaristía, hasta que llegue el momento del cristiano de partir de este mundo para entrar en la presencia del Señor y vivir así su nueva situación de salvación y de redención plena, la plena comunión con Dios y con los hermanos en el Reino de Dios.

          Es toda una profunda identificación con Cristo, el hombre perfecto. Cristo se hace presente con su poder de salvación, en todos y en cada uno de los misterios, que la Iglesia celebra y conmemora en los sacramentos y en las distintas solemnidades del año litúrgico. De esta manera, cada ser humano bautizado es configurado al modelo del hombre perfecto, que es Cristo y, con Él, es hecho hijo de Dios, ungido, llamado, santificado y enviado. El año litúrgico y los sacramentos, reproducen en nosotros los misterios de la vida de Jesús. Al irlos evocando y celebrando en el curso del año, la Iglesia las hace presente en su vida diaria, pero ya no en la vida terrena de Jesús (porque Jesús no la vuelve a vivir), sino que los celebra y actualiza en la Iglesia, que es su cuerpo (1 Cor 6,15;12,12-13).

          Podemos afirmar que, a lo largo del año litúrgico, Cristo nace, es ungido, padece, muere y resucita en los miembros de su cuerpo. Naturalmente que Jesús no vuelve a vivir todo esto, que perteneció al pasado, a su vida mortal, hace más de dos mil años. Lo que queremos decir es que su vida y su Pascua se actualiza en los sacramentos, en los cuales se hace presente y nos regala la salvación. Sacramentos que celebramos en el culto cristiano, con sus signos, ritos y diversas expresiones cultuales, en la comunidad.

          San Juan, al contarnos la lanzada de Jesús (Jn 19,31-37), pone de manifiesto el significado del agua y de la sangre brotada del costado del Señor muerto. En primer lugar se refieren a la muerte (sangre) y al espíritu de Jesús (agua), pero también alude a los sacramentos del Bautismo (agua) y de la Eucaristía (sangre), los dos principales sacramentos de la Iglesia. 

          Quienes mejor entendieron esta realidad, de que los sacramentos nacieron de la cruz (simbolizados en el agua y la sangre), fueron los Santos Padres, aquellos primeros teólogos que en sus homilías y catequesis llamadas “catequesis mistagógicas”, relacionaban los misterios de la vida de Cristo con los sacramentos cristianos. Mistagogia es conducción, encaminamiento.

          Por eso, la Iglesia desde antiguo organizó la Cuaresma como preparación inmediata a la celebración de los sacramentos de la iniciación, que administraba en la Vigilia Pascual y que hacía revivir, para toda la comunidad, durante la Cincuentena Pascual. Pero también, en el resto del año litúrgico, la Iglesia celebra el Misterio Pascual, de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, del cual los sacramentos y los sacramentales reciben su poder, y con los cuales la Iglesia es santificada y Dios es alabado.

          El año litúrgico celebra la Pascua del Señor y al conmemorarlo, en todo este tiempo, la Iglesia abre las riquezas del poder santificador y de los méritos de su Señor, de tal manera que se hacen presentes en todo tiempo, para que los fieles puedan ponerse en contacto con ellos y puedan llenarse de la gracia de la salvación.

          A la luz de lo expuesto anteriormente, en la celebración del año litúrgico, se ha de poner el acento en la riqueza y centralidad del Misterio Pascual y sentirnos todos imbuidos e inmersos en este Misterio. No olvidemos que celebramos una historia de salvación, que tiene lugar en cada uno de nosotros y no como algo que sucedió en el pasado y que simplemente recordamos.

          La espiritualidad del año litúrgico exige vivirse y alimentarse sobre todo, a través de los ritos, las oraciones y las plegarias de las mismas celebraciones y, ante todo, de las lecturas de la Palabra de Dios en estas celebraciones. El año litúrgico es un medio muy pedagógico para una evangelización de los cristianos, sobre los misterios de Jesucristo y para una mayor profundización en su camino de seguimiento de Cristo.

           La pastoral del año litúrgico, tiene que valorar los tiempos litúrgicos fuertes, en su auténtico contenido de salvación, orientándolos hacia una participación cada vez mayor en la Pascua de Cristo y vinculando estrechamente la celebración de los sacramentos de iniciación cristiana, a los ritmos y a los tiempos de la Cuaresma y del Tiempo Pascual. Los tiempos fuertes del Año Litúrgico, sobre todo Cuaresma y Pascua son tiempos muy propicios para intensificar la vida cristiana, particularmente con la lectura de la Palabra de Dios, las celebraciones litúrgicas propias y la oración de la Liturgia de las Horas o del Oficio Divino.

          La Constitución sobre la sagrada Liturgia, dice del Año Litúrgico lo siguiente:

Revísese el año litúrgico, de manera que se mantenga su índole primitiva, para alimentar debidamente la piedad delos fieles en la celebración de los misterios de la redención cristiana, muy especialmente del misterio pascual... Oriéntese el espíritu de los fieles, sobre todo, a las fiestas del Señor, en las cuales se celebran los misterios de la salvación, durante el curso del año. Por tanto, el ciclo temporal mantenga su debida superioridad sobre las fiestas de los santos, de modo que se conmemore convenientemente el ciclo entero del misterio salvífico.... (SC 107-108).

          La reforma litúrgica que surgió del Concilio, se ha hecho conforme a estos principios fundamentales que resumimos, en lo que concierne al Año Litúrgico:

          El domingo es la fiesta principal y, como tal, debe respetarse y proponerse a la piedad de los fieles (SC 106).El centro de todo el Año Litúrgico es el Misterio Pascual (SC 107) y las fiestas de los santos han de orientarse desde y en relación al misterio pascual, y se reducen a las de los santos importantes a escala universal y particular (SC 111).

Para trabajar en el grupo:

Copien las siguientes palabras: Triduo Pascual, Pascua, Cuaresma, Adviento, Tiempo Ordinario, Navidad, Epifanía, Santos, Virgen María. Vean a qué se refieren estas palabras y dónde ubicarlas en el calendario litúrgico.

Consigan, si pueden, un calendario litúrgico donde aparezcan los tiempos litúrgicos del año; ubiquen los tiempos fuertes del año litúrgico.

Elijan el tiempo litúrgico más próximo en este momento y reúnanse con otros miembros de su comunidad, para prepararlo litúrgica y espiritualmente.