Misión Kerigmática Parroquial



Orientaciones teológico-pastorales para la Misión


¿Qué y por qué de la Misión?

La Misión es parte de la esencia misma de Dios, porque “Dios es amor” (1Jn 4, 8), y el amor, así como el bien, la verdad y lo bello, se comunican. La iniciativa de la Misión es entonces de Dios.

El amor es, por tanto, el motor de la misión. El amor nos hace salir de nosotros mismos y nos lleva a comunicar a aquel a quien amamos. Con justa razón el Papa Francisco nos recuerda en el número 9 de la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium: El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla.

Mons. Vittorino Girardi en una de las sesiones de Aparecida, afirmó que la misión es la puerta de acceso al Misterio de Dios, y el misterio de Dios se manifiesta a la luz de la trinidad que es “amor comunional”, por lo que la finalidad de la misión es la comunión; la comunión de nosotros con Dios y de nosotros entre sí. Al respecto, la exhortación apostólica post-sinodal Christifideles laici en su número 32 afirma: La comunión y la misión están profundamente unidas entre sí, se compenetran y se implican mutuamente, hasta tal punto que la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión: la comunión es misionera y la misión es para la comunión. Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien. No deberían asombrarnos entonces algunas expresiones de san Pablo: “El amor de Cristo nos apremia” (2 Co 5,14); “¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!” (1 Co 9,16).

De esta manera, el amor de Dios manifestado a todos en Jesucristo, se hace un amor misionero, un amor que comunica y se comunica por impulso del Espíritu Santo.

La Misión no es una opción para la Iglesia, sino que ella es misionera por naturaleza (cfr. AG 2). No existe una Iglesia que hace misión, sino una Misión que se realiza por medio de la Iglesia. La Iglesia existe entonces para misionar, es su razón de ser.

Hoy por hoy vivimos el tiempo de la Misión (Cfr. AG 9). Sin la misión la Iglesia pierde su sentido de ser y su identidad. Estamos llamados, por tanto, a ser una comunidad “en salida”. En la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de “salida” que Dios quiere provocar en los creyentes (EG 20). La iniciativa de “salir” debe ser nuestra, debemos “primerear”. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos (EG 24).

Sigamos haciendo nuestro el mandato del Señor: “Vayan”, dijo Jesús, el verbo es “ir”. A veces parece que hemos confundido el verbo, y en lugar de “vayan”, nosotros decimos “vengan”. Salgamos confiados, “sin demoras, sin asco y sin miedo” (EG 23).

Para complementar esta reflexión, le ofrecemos: 

Sobreviviendo

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Levántate y camina

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Narración bíblica de Hechos 3, 1-6 audio lema "Levántate y Camina"

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