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La Tau

Tau

Estamos celebrando este año el Jubileo del tránsito o muerte de San Francisco de Asís, que sucedió hace 800 años. A lo mejor hemos visto cómo la Orden ha utilizado con veneración el signo de una cruz en forma de “t” o tau. San Francisco profesaba una profunda devoción al signo Tau, del que habla expresamente el profeta Ezequiel (Ez 9,3-6) y al que se refiere implícitamente el Apocalipsis (Ap 7,2-4). Con ella firmaba cartas y marcaba paredes, y sanaba heridas y enfermedades. Veamos el origen bíblico de esta cruz:

Cuenta el libro del profeta Ezequiel que, estando junto a los desterrados en Babilonia, tuvo varias visiones, entre ellas, la destrucción de la ciudad santa, debido a que en el templo de Jerusalén se estaba practicando la idolatría (ver Ez 8-9). En efecto, el templo estaba “cundido” (lleno) de dioses paganos, entre ellos, Aserá, Astarte, la reina de los cielos, según 2 Rey 21,7; las imágenes grabadas en las paredes, un dios llamado Tamuz, procedente de Mesopotamia, a lo mejor un rey divinizado, relacionado con la divinidad femenina de la fertilidad (ver Dan 11,37), lo mismo el culto al Sol, etc. Además, muchos israelitas, hombres y mujeres, que les rendían culto, entre ellos, sacerdotes, personas ricas y notables. A tal punto que el Señor decidió castigarlos duramente. Ya sabemos que Dios no es así, simplemente así lo percibían los antiguos profetas, como una manera de enseñar que solo a Él se debe adorar y no a otros dioses.

De allí que en el capítulo 9 el profeta describe la destrucción de la ciudad de Jerusalén, en términos mitológicos llenos de significado: Él gritó fuertemente a mis oídos: “¡Ha llegado el juicio de la ciudad! Que cada uno empuje un arma destructora”. Y por la calle de la puerta de arriba llegaron seis hombres (Ez 9,1-2). Como el autor del libro de Lamentaciones, Ezequiel atribuye directamente a Dios la destrucción de Jerusalén, aunque conoce también la intervención del ejército babilonio, asentando así un principio que tendrá amplio desarrollo en la Biblia y en los escritos judíos posteriores: los enemigos no son más que el instrumento del que Dios se sirve para castigar; ellos a su vez serán castigados o destruidos, mientras que Israel recobrará de nuevo su vida y su esplendor (ver Is 10,5-19; Nah 2,4-14). Interesa observar cómo el profeta ve en su visión a un séptimo hombre: “En medio de ellos estaba un hombre vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintura” (v. 8c); a él se le confía la tarea de preceder a los otros seis, señalando con una Tau en la frente, en especial “a los hombres que gimen y se lamentan por las acciones detestables, que en ella se cometen” (v.4).

Una “T” que en hebreo llamamos “Tau”

La letra T (en hebreo se dice tav y se escribe ת), tenía forma de cruz y servía para marcar al ganado, los esclavos y otros bienes. Es también la firma de Job (Jb 31,35). Los marcados con la tau (es decir, con una T), se verán libres de la destrucción y de la muerte. Como vemos es una señal protectora. Esta visión puede relacionarse con el Salmo 87, donde se habla del libro de los pueblos, en el que están anotados los nacidos en Jerusalén, o bien con el libro que recoge los nombres de los que temen a Dios y veneran su nombre santo (Mal 3,16). Pero la relación más inmediata, es con el signo marcado con sangre en las jambas y en el dintel de las puertas de los hebreos en Egipto, como sabemos por la historia del éxodo (Éx 12,7.13). También este signo alcanzó luego mucho éxito en la literatura judía y cristiana (ver Ap 7,2-3 y 22,4). Por eso, muchos cristianos han visto en esta señal una referencia profética a la cruz de Cristo.

Ellos adoptaron la Tau, porque su forma les recordaba la cruz en la que Cristo fue elevado y crucificado por la salvación del mundo (Jn 3,14; 12,32-34; 17,11). Como es la última letra del alfabeto hebreo, profetizaba el Día del Señor y tenía la misma función que la letra griega Omega, tal como aparece en el Libro del Apocalipsis: “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al sediento le daré agua gratuitamente de la fuente del agua de la vida… Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin” (Ap 21,6; 22,13).

San Juan tiene una visión en la que escucha el mandato dado a los cuatro ángeles: “No hagan daño a la tierra, ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello en la frente, a los servidores de nuestro Dios”. Los marcados con el sello fueron 144.000, de todas las tribus de Israel (Ap 7,2-8). Sólo podían dañar “a los hombres no macados en la frente, con el sello de Dios” (Ap 9,4). Aquí no se cita expresamente la Tau ni la cruz, pero se las da por supuestas. En todo caso, siempre se entendió este pasaje relacionado con el de Ez 9.

La Tau entre los franciscanos

En el ánimo de san Francisco pudo influir el discurso con que el Papa Inocencio III, abrió el Concilio IV de Letrán, la cruz en forma de tau que llevaban los monjes antonianos sobre el escapulario, la liturgia y el arte sagrado, etc. Para el Santo de Asís, la Tau, como la cruz cristiana, era signo de conversión y de penitencia, de elección y de protección por parte de Dios, de redención y de salvación en Cristo. Desde hace algunos decenios, se ha revalorizado el uso de la Tau en la familia franciscana; se le ve frecuentemente en libros, revistas, cuadros, etc., y la llevan sobre sí, como signo distintivo, muchos hermanos tanto de la Primera como de la Tercera Orden Franciscana, religiosa o laica.

Los Padres de la Iglesia vieron en la Tau con que fueron marcados los salvados, una imagen de la cruz, signo de salvación. En esta línea de la tradición, san Buenaventura, el gran teólogo de los franciscanos, interpreta a la luz de Ez 9,4 y de Ap 7,2 la predilección de san Francisco por la Tau. Echando una mirada retrospectiva a la vida del Pobrecillo de Asís, considera que su misión fue la de “llamar a los hombres al llanto y luto, a raparse y ceñirse de saco y a grabar en la frente de los que gimen y se duelen el signo tau, como expresión de la cruz de la penitencia y del hábito conformado a la misma cruz” (LM Pról 2b; cf. LM 4,9; Milagros 10,6-7). Así, la Tau, que está respaldada por una sólida tradición bíblica y cristiana, fue recibida por san Francisco de Asís por su gran valor espiritual. El Santo de Asís se apoderó de este signo de una manera tan completa e intensa que, al final de su vida, y a través de los estigmas de su cuerpo, se convirtió en la imagen viva de la Tau, que tantas veces había contemplado, dibujado y especialmente amado.